miércoles, 18 de marzo de 2009

Mi sombra y yo

Parece imposible, pero hasta hace nada no tenía ni idea de lo poco que conocía a mi sombra, compañera fiel con la que nunca hablaba, a la que nunca preguntaba, a la que solo miraba buscándome en ella sin darme cuenta de que tenía vida propia, de que se escapaba mientras dormía, de que huía a vivir su propia vida con otras sombras extraviadas, pendiente siempre del reloj, atenta siempre a todos mis despertares.

Hace algunas semanas sin embargo, cuando me levanté para ir a trabajar, no había vuelto. No me di cuenta al principio, la verdad, sólo cuando entré en la ducha y la lámpara que pende justo encima de mi cabeza no proyectó dibujo alguno a mis pies me sentí un poco acongojada.

La busqué debajo de la cama por si acaso, dentro del armario, entre los chocolates de la despensa y los libros de la estantería. Nada. Sabiéndola perdida y consciente de que ya iba a llegar tarde al trabajo me senté en el balcón a esperar. Lo que vino después fue una sensación inquietante y desgarradora. Algo que no se parecía a nada: de repente estaba sola, terriblemente sola, verdaderamente sola, por primera vez. Sin mi sombra proyectándose entre los barrotes. ¿Y si no vuelve?

En realidad quién necesita una sombra, para qué sirve. Pero no me tranquilizó nada esa reflexión. Todo el mundo sabe que el mejor lugar al que mirarse y descubrir camino a la oficina si los rizos han amanecido escurridos ha sido, y será siempre, la sombra propia. También el mejor espejo al que asomarse las noches de desvelada, porque no muestra nunca las ojeras, ni las patas de gallo, ni la tristeza en la mirada.

Cigarro tras cigarro fue pasando la mañana en mi balcón. Pasó el día pero no la congoja. A quién acudir en estos casos. A quién contarle que se me ha perdido la sombra, que no ha vuelto a casa, que lo mismo le ha pasado algo...

Cuando la ví aparecer por la calle me sentí aliviada. Primero. Luego enfadada. Después preocupada (tenía un aspecto lamentable). Finalmente feliz, a pesar de. Sombra no estás bien. Y le curé una a una sus heridas, mientras me contaba su desgracias de sombra maltratada. No tenía a quien acudir, y no ha sonado a reproche, pero yo lo he sentido así.

Desde entonces hablo a menudo con ella y nos va bien. La convencí para que terminara con esa sombra nocturna y violenta con la que solía salir, pero ella, reincidente, continuó pegada a él una y otra vez. Así que me puse drástica. Cambié mi trabajo por uno nocturno y ahora duermo por las mañanas. Ella ya no puede verle nunca y va sanando poco a poco su amor propio ultrajado. A veces, cuando la veo atusarme los rizos bajo las farolas camino del trabajo, me parece incluso que vuelve a ser feliz. Y me gusta.

Algunos dicen que he salvado a mi sombra, que qué buena soy. Pero nadie entiende lo que yo sentí en aquel balcón mientras la esperaba. Nadie entiende que el verdadero motivo de que tengamos sombra es poder sentirnos acompañados siempre.
Es recordar en todo momento quienes somos.

miércoles, 11 de marzo de 2009

la vieja Olympus


Le gustaba trabajar con las manos. Arreglar aparatos inservibles. Deshacer sus entresijos y llegar a sus entrañas. Entender cómo funcionaban por dentro. Volver a rehacerlo todo y guardar el secreto. Vivía solo desde que ella se había marchado. Vivía solo y rodeado de viejos cachivaches en una cabaña junto a un río, cerca de la montaña.

Un domingo como otro cualquiera se acercó a la ciudad a visitar el mercado y ahí estaba. Esperando su oportunidad. Esperando una mirada de deseo como aquella. La vieja Olympus languidecía desde hace tiempo en el puesto de antigüedades del viejo escritor. Nadie quería ya recorrer sus teclas, ni oler su tinta, ni disfrutar con su traqueteo sobre el papel. Hacía tiempo que había perdido la guerra contra la informática y lo asumía sin melodrama. Moriría oxidada y cubierta de polvo en un desván lleno de cosas inútiles.

Pero entonces llegó él y comenzó a mirarla, a tocarla incluso.
Era bonita, tenía algo.
La compró.

Algunos días más tarde la puso a punto. Comprobó cada una de sus teclas, las que servían, las que no. Se enredó entre las clavijas y los rodillos, deshizo el rollo de tinta, lo volvió a enrollar. Buscó entre los cajones algún papel y sacó una cuartilla amarillenta. Comenzó a escribir. Solo por probarla, solo para ver.

Lo que de las teclas de la vieja Olympus salió fue una colección de personajes llenos de vida. Salieron del papel amarillento e invadieron su casa.

Nunca más volvió a estar solo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Sinatra tiene la culpa



La vida es otra cosa, pensaste observando las luces de la ciudad rodeándote en aquella azotea llena de antenas. La vida no es Nueva York, ni Central Park, ni el puente de Brooklyn. Esos lugares no son reales, no existen. La gente no se enamora en cinco minutos mientras espera bajo una marquesina a que pare la lluvia. Ni baila en los tejados de los edificios, ni Sinatra canta.

Estabas sola después de mucho tiempo y lo que no ocurriría, y lo sabías, era que al darte la vuelta él habría regresado con la mirada suplicante. No estiraría la mano y te invitaría a bailar fly me to the moon bajo las estrellas. No te besaría al final de la canción. No sería tan fácil.

La vida era justo lo que tenías bajo tus pies. Calles abarrotadas de coches buscando un refugio, amantes resguardándose en rincones oscuros, miradas perdidas evitando cruzarse con otros ojos extraviados, cuerpos cansados a la espera de un asiento, ganas de llegar a cualquier parte sin importar bien dónde, ni para qué.

La vida era esa otra cosa y ni siquiera estaba tan mal. Pero no había una orquesta de metales que tocaran todas las noches de luna llena en tu salón, ni había príncipes azules sin mal humor los domingos, ni regalos que curaran los problemas de incomunicación.



La culpa era de Sinatra. Toda la culpa. Casi toda.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Treinta años


De pequeña era capaz de adivinar que llegaba con sólo escuchar su taconeo a lo largo del pasillo del colegio. Siempre combinaba zapatos y bolso por lo que cada mañana, antes de subirnos al coche tenía que cambiar las cosas de uno a otro, negro, marrón o azul. Solo recuerdo haberla visto conducir una vez a pesar de que renueva religiosamente su carné. Yo soy igual en eso.

También, supongo, en lo de contradictoria. La mayor bronca que tuve con ella fue por querer teñirme el pelo de azul y cuando me cansé y quise quitármelo le pareció fatal porque decía que estaba muy guapa. Siempre hace cosas así.

Nos llevamos 30 años (30 años y medio exactamente) y cada vez que me pongo la falda blanca ibicenca me recuerda que salió a pasear por Salamanca con esa misma prenda apenas una semana después de que hubiera nacido. Por cierto que esta semana, en Beirut, pasamos junto al antiguo campo de refugiados de Sabra y yo pensé en ella con un bebé casi recién nacido en brazos llorando ante las imágenes de la televisión. Me lo ha contado muchas veces.

Se acerca a los sesenta de la misma peligrosa manera en que yo me acerco a la treintena pero está estupenda y sigue pintándose la raya del ojo aunque sea para estar en casa. La he visto hacerlo un millón de veces y quizá por eso yo también me la pinto a menudo.

Ha puesto Internet solo y exclusivamente para leer mi blog y aunque al trabajo los pasteles los lleve siempre el día de la mujer trabajadora los que la conocemos sabemos que no, que es hoy cuando hay que decirle felicidades.

Seguro que llora leyendo esto y en eso también nos parecemos.
Lloramos por todo.

martes, 3 de marzo de 2009

La manzana: de vuelta de las ciudades...


Junto a mi ordenador tengo una manzana robada en un palacio de las mil y una noches. Ha cruzado el Mediterráneo y permanece ahí, brillante, mirándome melosa. Si me comes, me dice, volverás a sentir la oscuridad verde de Damasco, las sombras de sus callejuelas empedradas, la altivez de la mezquita omeya. Si me comes, me dice, ese gusto ácido te reconfortará y acabará con el cansancio.

Pero aún no tengo hambre y no lo hago. Sólo la miro y pienso en la lluvia. No la de aquí, sino la de las ciudades amarillas, la que cae sobre las vidas posibles, la que empaña las miradas inquietas. Pienso en el tiempo y en la distancia, en esta oficina que no ha cambiado nada en estos quinientos años (que es el tiempo que ha pasado desde la última vez) y me miro por dentro y tampoco sé si yo he cambiado mucho.

La ciudad me observa con desdén y no entiende. Septiembre es el mes de las tristezas post veraniegas, Marzo no. Por eso no me consuela, por eso el aeropuerto sólo me devuelve un Madrid desgastado en sus rutinas, por eso la oficina no tiene aire de fiesta.

Otra vez los papeles desordenados, las cuentas pendientes, los guiones sin escribir. Otra vez una fruta sobre la mesa, esperando un descanso, esperando un mordisco. Si me comes, me dice la manzana mágica robada de un palacio de las mil y una noches, permanecerá en tu boca un ratito más ese regusto a tranquilidad y a dicha infinita.

Obedezco y de repente se me apagan las nostalgias. La manzana es mágica, por eso. Damasco se guarda en su cajita, se archiva en mi biblioteca de recuerdos y se difumina. No me gusta pero no le queda otra.

Y mientras en mi boca el regusto ácido...
La manzana...

lunes, 23 de febrero de 2009

Viaje a las ciudades amarillas:retraso


Con retraso quiero contar cosas que parece que sucedieron hace mil años. Una llegada a una ciudad repleta de mujeres invisibles, fantasmas negros sin ojos ni manos, té dulce en cada esquina, carteles en idiomas imposibles, taxistas que chapurrean ingles y que nos cuentan, colchones duros, ruinas y mezquitas. Con retraso quiero contar una ciudad que me acogió con lluvia y luego me descubrió un patio maravilloso donde comer manjares repletos de especias. También podría hablar del millonetis kuwaitíes y su tropa de amiguetes que cazaban con halcones en el desierto. Era tan guapo que habríamos formado parte de su harem si nos lo hubiera pedido. Podría hablar de Fran y sus ciudades amarillas, de cómo se defiende en árabe y como su casa, sea en la esquina del mundo que sea, sigue siendo su casa, llena de papeles, revistas, libros, llena de ropa tirada y de post it con cosas escritas en la pared.
Podría hablar de Siria pero lo haría con retraso. Estamos en Petra y una ciudad excavada en la roca nos espera. Será esta noche y no importará el frío.

Y aunque esté oscuro todo será amarillo...

lunes, 16 de febrero de 2009

Viaje a las ciudades amarillas: Las maletas


No tengo alma de viaje y sin embargo las maletas sin hacer esperan en mi habitación junto a un billete y una guía. Podría ser verano pero es febrero y en mí se crea una extraña confusión. Mi cuerpo desorientado piensa en ciudades amarillas y en abrazos con barbilla clavada en la espalda. En reencuentros sin lugares comunes. En un sitio del que solo conozco el color amarillo de su nombre y las difusas referencias de una conversación en Malasaña.

No tengo alma de viaje y sin embargo, en algunas horas, la aventura. Hago las maletas. Guardo nombres y recuerdos, regalos futuros y Marías pasadas, y zapatos fuertes por si acaso. Pienso en la tarde inquieta de mediados de junio en que las ciudades amarillas se cruzaron en mi destino, se convirtieron en (EL) destino de unas vacaciones sin fecha concreta y el recuerdo me lleva de la mano a un Berlín lluvioso repleto de cervezas y despedidas. Y más maletas. Siempre maletas.

No tengo alma de viaje ni de batallas. Pero quiero subirme a ese avión y dejar que Madrid se vaya alejando, que se pare el tiempo mientras todo en la gran ciudad continúa. Impregnarme de amarillo y a la vuelta, dejar que las maletas den cuenta de todo lo vivido.

miércoles, 11 de febrero de 2009

finales


El escritor abandonado estaba a punto de terminar su última novela. Habían pasado muchas cosas desde que la comenzara una tarde oscura de octubre en que decidió que ya no más. Ella se había marchado cuando el verano empezaba a flaquear, cuando ya no hacía calor en la cama y daba gusto sentir por las mañanas la brisa fresca entrando por la ventana abierta. Se marchó y el escritor abandonado enloqueció de dolor. Estuvo 11 días bebiendo sin parar, arrastrando su pena en forma de risa etílica por todos los bares de la ciudad. Cuando se había bebido toda la ginebra de Madrid comenzó a frecuentar prostíbulos. Fueron 13 días de orgasmos pagados y caricias que no curaban pero que le permitían conciliar el sueño. Cuando habían pasado 25 días exactos desde que ella se marchara, como 25 años tenían sus muslos de caramelo y su mirada de gata, el escritor abandonado encendió su ordenador y empezó a trabajar sin descanso. Acumulados polvos y borracheras pudo recluirse en su casa sin necesidad de nada más que dos paquetes diarios de Fortuna.
Así pasaron los párrafos y los cigarros y llegó el capítulo final. El escritor abandonado, con las ideas más o menos claras en la cabeza, enchufó el ordenador, abrió la carpeta y sin previo aviso, sin elegirlo, sin saber muy bien por qué el icono del correo se iluminó.
Un mensaje nuevo.
Ella.
Ella que no decía nada pero que estaba ahí, recordando, hurgando en la herida, dándole un giro a la trama de su vida para la que él ya había escrito un final una tarde oscura de octubre en que decidió que ya no más. Apagó el ordenador con rabia y salió a la calle en busca de un trago de ginebra. En busca de un nuevo final, del olvido, del delirio y de otros brazos.
En busca de otra novela incompleta.

viernes, 6 de febrero de 2009

sola

Siempre que voy me pasa. Rodeada de embarazadas en esa sala de espera pija y horriblemente calurosa en pleno barrio de Salamanca. No puedo evitar llevarme la mano al vientre como si yo también ocultara dentro un secreto, una vida, un futuro. Pero dentro no hay nada, o al menos nada que vaya a cambiar mi vida de la noche a la mañana. Tampoco a mi lado hay nadie cogiéndome de la mano, acariciando la incipiente barriguita. Tampoco es algo que me importe últimamente.

Pero siempre que voy me pasa. Siempre siento los ojos curiosos de esas embarazadas felices sobre mí y me empequeñezco, como si un libro no fuera suficiente compañía, como si los proyectos, los relatos no escritos, los viajes y todos los sueños no fueran suficientes. No pudieran competir con esos vientres fértiles en pleno proceso de crecimiento. No lo hacen, no me miran, pero a mí me da la sensación de que sí, de qué se preguntan qué hago ahí.
Sin barriga.
Sin acompañante (en caso de que haya barriga)

Yo me escondo de esas miradas inexistentes y me concentro en el libro mientras espero y me repito, como siempre que voy, que la próxima vez no lo haré sola.

Luego salgo a la calle y me meto en una librería.
Se me olvida todo.

martes, 3 de febrero de 2009

La tristeza

Si es domingo y llueve lo que esperas es la tristeza. Sentada en alguna silla roja del salón espantando fantasmas con la mano y comiendo a deshoras, lo que toca, sin duda, es la tristeza y lo sabes. Lo niegas pero no te creo. Sonríes. Estás muy guapa a pesar del cansancio y las ojeras, a pesar de la melena indomable y el pijama descolorido. Si no te conociera diría que se te escapa una felicidad pausada por las esquinas de tu boca y que caminas en equilibrio sorteando los obstáculos con elegancia.

Pero no me engañas. Eres tú y es domingo y llueve y sé que esperas la tristeza para que una vez que te alcance puedas salir a pasear conmigo bajo la lluvia, dejar que te resbale dentro, escupirme a la cara malos presagios y soñar historias de final incierto.

Sin embargo algo ha cambiado y ni tú ni yo sabemos qué es. Esperas la tristeza este domingo de lluvia pero no llega y maldices en alto. Contrariada. Extrañada. Inquieta. Luego me miras con resignación y te intuyo un vacío dentro. Pero no hay nada que hacer, te digo, tu invitado, esa tristeza de domingo, últimamente no hace más que darte plantón.

Y así, con la lluvia al otro lado de nuestro salón, nos entregamos al placer de la risa.

Cuento a la vista

Cuento a la vista
La parte niña del vestido a rayas