A Gema...
Así que el amor era esto. Un juego sin normas donde compartíamos una baraja sin comodines. No se trataba de ganar y sin embargo hemos perdido. Tú te descartas de todo y a mí no me sirve nada de lo que tiras en el tapete. Juegas con otra baraja, juegas a otro juego y yo estoy fuera. Me voy.
Desobedezco una y otra vez a las lágrimas y me cuelo en una fiesta y descubro entonces cuánto tiempo hace que no me bebo los jueves, que no me arrastro por las esquinas del viernes, que no visito camas y bocas y cuerpos.
Salgo después a una gran terraza, veo cómo se apaga Madrid, cómo se vuelve otra ciudad. Ahora es el viento quien levanta mi vestido y es otro el que mira por debajo, el que busca por debajo. Pido un hielo y dejo que la Gran Vída me haga cosquillas en los pies. Nada tiene sentido pero no importa, hace tiempo que dejamos de buscarlo. Hace tiempo que dejamos de intentarlo. Pero no pienso ponerme triste.
Me dejo arrastrar porque después de la noche llega el día y mi cuerpo cansado no te busca. Sonríe. La ciudad, que hoy parece otra, es de pronto un lugar maravilloso y mi cuerpo es mío, y mi vida es mía y la libertad estira mis comisuras y camino como si el mundo también fuera sólo mío. La gente me mira, despeinada, feliz. No he dormido les susurro. No he dormido sola. Y todos giran la cabeza.
Sale música de las alcantarillas, de las paredes de metro, de mi reproductor de música encajado en las orejas.
No es la ciudad la que es otra.
Soy yo.

