También el sábado hizo sol. Me desperté temprano amenazada por la tos, encendí el ordenador, terminé un cuento. Luego me marché al norte. Bajamos unas escaleras, nos metimos en un búnker. Hablaron de la guerra. Fría como aquellos pasillos, absurda como la idea de sobrevivir a un holocausto nuclear. Cuando salimos ha pasado la hora de la comida, pero tenemos hambre. Volvemos al barrio y buscamos un lugar donde tomar una sopa. Es un asiático y la comida está picante. Comemos tranquilos y a deshoras. Con la felicidad de saber que no hay obligación alguna. Que es aboslutamente sábado y que no hay nada mejor que darse al placer de la risa en esa ciudad con sol. También a deshoras dormimos una siesta y me despierto perdida, con el cuerpo lento y el rejoj veloz. Me pinto el ojo.
Luego nos vamos a una fiesta. Alguien me cuenta que estrenará una obra de teatro en Münster. De qué va, pregunto y bebo mi cerveza como si besara una boca. Después ya no recuerdo el argumento, pero bailamos en un bar lleno de gente. Se nos hace tarde y el teléfono suena pronto. Es domingo y llueve. Me meto en la ducha y el cansancio se me escapa por el desagüe. Quiero salir a disfrutar el domingo aunque el tiempo no acompañe. Desayunamos leyendo el periódico y observando desde la cristalera de la cafetería como el viento arma un revuelo de hojas amarillas en la Oranien. Caminamos, vemos una peli, alguien nos trae un pastel. Está delicioso.
Más tarde voy al encuentro. Pedaleo sin gafas y la ciudad se vuelve borrosa. Me encojo de frío. Paseamos por las calles oscuras y buscamos donde cenar. Voy donde antes era siempre y me pido un ayram. El plato es demasiado grande y como siempre dejo el halloumi, pero no está Fran para comerse el resto. Entro al baño y recuerdo que fue allí donde leí el cartel que me llevó hasta Frauke. La vida se construye a base de casualidades, dice Celia y tiene razón.
Me meto en la cama agotada. Siento mi cuerpo frágil y una sensación dulce y suave.
Como el fin de semana. Como la felicidad.



