miércoles, 4 de abril de 2012

Horas tempranas: Bogotá

Bogotá se despierta pronto, muy pronto, cuando a las 5:30 ya empieza a aclarar el día. A nosostras no nos despierta el sol sino el jet lag, que me abre los ojos como platos y me deja dando vueltas en una cama extraña.

Desde la ventana de casa de Cristina se ven todos los tejados de la Castellana (curioso, irse tan lejos para acabar en un lugar de nombre tan familiar). Son tejados de chapa, con antenas y bidones en los techos que me retrotraen a Córdoba, Veracruz. Aquí también hay una montaña imponente que lo llena todo de verde (aunque sin las nieves perpetuas del gigante Orizaba).
También hay un gato tranquilo apoyado junto a la ventana, observando, como yo, los tejados de este gigante de ocho millones de habitantes. Tiene el pelo atigrado y un gesto de león asilvestrado. Mi chaqueta está llena de pelos otra vez y unos se juntan con otros: los blancos con los color canela.

Ya pitan los taxis amarillos en la avenida cien. Ya despertó la ciudad hace tiempo. Y nosotras, cuerpo de jota, no llegamos a dormir nunca.

viernes, 30 de marzo de 2012

helicópteros sobre la ciudad



La ciudad está tomada por todo un ejército de hombres azules. Suenan las hélices de un helicóptero sobrevolando la ciudad (¿uno o cientos?). Estamos en guerra, me pregunto bajando Bravo Murillo con los ojos cerrados y el viento en la cara. Abrazando a un forzudo en los semáforos en rojo.

Siempre hemos estado en guerra (o eso me dijo Charo una vez). Algunos. Otros no. En guerra contra el sistema, en guerra contra el tiempo, en guerra contra lo real y contra lo ideal, en guerra contra la tristeza, en guerra contra el absurdo, contra la razón, contra lo injusto. Batallando siempre. Discordante. Quejica. Insostenible. Insoportable.

Estamos en guerra otra vez y un helicoptero sobrevuela la ciudad. Pero en mi cama, las batallas son otras. El tiempo parece habernos dado una tregua, pero no es verdad. La tarde tibia se me enreda entre los rizos, se me escurre por el escote, se precipita hacia el suelo. Afuera un helicoptero nos ronda, nos vigila, nos controla. Pero aquí, al otro lado de las rejas de mi ventana la libertad de unos dedos ansiosos me recorren entera y no existe nada. Nada más. La ciudad está quemándose ahí afuera ¿te das cuenta?. La ciudad tiembla y yo también y no existe nada. Nada más. Solo esto. Una calma antigua, una nostalgia dulce, una felicidad inquieta. Ójala siempre fueran días de huelga.

El helicóptero sigue sobrevolando la ciudad cuando las dos ruedas de nuestras bicicletas pisan el asfalto caliente. Pero se ha acabado la nada. Ahora es el todo y estamos todos. O casi todos. O algunos.

Y gritamos.
En pie de guerra.

martes, 20 de marzo de 2012

Cambio de planes



Era una noche con estrellas y solo tenía, cuántos, ¿quince años? Ahí, sin saber, dibujé los planes irrealizables al amparo de una luna nueva. Soñé viajes, soñé futuros, soñé con la mano que agarraría mi mano por las ciudades malditas que recorrería libreta en mano.

Luego llegó el futuro y el cambio de planes. Y no ocurrió nada. Ocurrió otro todo que distaba de ser aquel que imaginé aquella noche con estrellas. Los viajes nunca fueron aquellos, los gatos no se arremolinaron a mis pies, tampoco me metí en política, casi nada. Nunca viví en París y si me apuras tampoco en Berlín. Jamás fui corresponsal de nada y poco o muy poco correspondida en mis elecciones. No viví de las rentas de mis nostalgias e hice cosas mejores con mis labios de las que imaginaba (como dejar que se llenaran de rojo). También susurré cosas bonitas, escribí algunos cuentos, me pasé veranos persiguiendo amores imposibles, y perdí todas las batallas contra el tiempo.

Fuimos sorteando los cambios de planes. Adaptándolos, esperándolos, escondiéndolos, superándolos a veces, a veces agradeciéndolos. Disfrutando de la marea, de los nuevos rumbos, de las noticias que nos cambiaron, de los puntos de partida de los que nunca partimos.

Está a punto de acabarse un invierno sin planes que nunca fue como soñamos. Está a punto de arrancar una primavera cronometrada, un calendario cerrado, un futuro abocetado.

Y una vez más.
Nos quitamos el abrigo y llegó el frío.
Nada será como esperamos.
Cambio de planes.

jueves, 23 de febrero de 2012

primavera



No sé si soy yo o está empezando a llegar la primavera a esta ciudad sin lluvia. No sé si lo inventé o vi flores incipientes en los árboles secos. Tal vez fueron alucinaciones, proyecciones nocturnas, sueños de piezas desfiguradas que solo encajan durante la noche. Pero ahí estaba, el sol de un marzo a la vuelta de la esquina, el brillo de un día con más horas, un montón de caminos en bicicleta.

Seré yo y no la ciudad, porque en la calle el frío encoge mis músculos a primera hora del día y los teléfonos móviles echan humo. Un ejército cifrado de signos ortográficos olvidados (corchetes, almohadillas, arrobas) toman la calle y la guerra. Llueven palos, solo eso, y así no hay quien construya una primavera, ni un país, ni un futuro. Pero así se hacen las cosas y ya nadie regala libros.

No sé si soy yo pero mi cuerpo en plena primavera se me rebela como durante las astenias de mayo y yo solo quiero meterme en la cama y revolver las sábanas y cerrar los ojos y soñar lo justo para despertar con una sonrisa en los labios un minuto antes de que el radiodespertador escupa sus noticias. Quiero dormir un rato más y olvidar el mundo y después de una ducha dejar el cuerpo hecho un burruño a los pies de mi cama y salir a recorrer esta ciudad sin lluvia (y sin cuerpo).

Me he comprado un billete una vez más y a Berlín aún no llega la primavera. Solo quiero emborracharme de cerveza y de amigos y pedalear con los ojos cerrados mientras un viento cuchillo de hielo me corta bajando la cuesta de Warschauer Str.

Solo quiero que allí salga el sol y aquí no deje de llover en quince días. Quizá así los días grises puedan llenar los titulares de primaveras que hoy ocupan otros grises que nos vendieron azules. Quizá el cielo gris nos invite a perdernos en una cama, a recorrer esquinas, a enlazar una a una las estrellas de tu espalda hasta encontrar el dibujo secreto bajo tu piel.

Mientras, quizá así y solo así, afuera se vaya gestando una verdadera primavera. Una que solo nos pertenezca a nosotros. Que no se la apropien estafas globales, ni mercados sin nombre, ni uniformados sin placas.

Una primavera que, por una vez, en estos tiempos que corren, llene la ciudad de flores. 

domingo, 22 de enero de 2012

Domingo

Y como nosotros, la semana.
Toca fondo el domingo pero vuelve a la vida el lunes.

Una y otra vez.
Una y otra vez.
Una y otra vez.

Y otra más.

jueves, 19 de enero de 2012

No tardarán en separarme de ti



La carretera en dirección a Toledo me ofrece una explosión de sol y luna. A un lado del autobús comienza un día muy largo, al otro termina una noche demasiado corta. Yo sonrío al recordarla y cierro los ojos para que a través del cristal ese sol de hielo la pegue a mí como un tatuaje. Olvidé pintarme los labios, olvidé dormir suficiente. Olvidé los malos días.

Luego en clase una niña con la camiseta roja y los ojos achinados me dice que sí, que tengo razón. Que ella cuando llegó nueva y nadie le hacía caso pensó que Fulanita (y señala a la niña de al lado, una rubita gafotas y con una sonrisa alegre y desdentada) no era muy simpática pero que ahora es su mejor amiga. Que a veces nos dejamos llevar por las apariencias, que a veces no damos la oportunidad de demostrar a la gente lo estupendísima, maravillosísima, súper fantástica y fenomenal que puede llegar a ser. Eso lo añado yo y todos me dicen que sí emocionados. Con este público da gusto.

Pero no soy yo, son ellos. De alguna manera me he contagiado de su entusiasmo, aunque hace tiempo que mis dientes volvieron a salir. Quiero acariciar cada una de las cabecitas que me miran alucinadas, que me dicen María, a mi tío una vez...y me acompañan hasta la puerta y me dicen adiós con sus manitas y sus sonrisas inocentes. Quizá no esté todo perdido.

Pero a mi regreso, la ciudad, aunque menos sombría, sigue teniendo un no sé qué enroscado en los árboles desnudos de las avenidas. Por suerte aún llevo en la cabeza el recuerdo de sol cuando me meto en el suburbano y esa caricia me hace olvidar las manos frías, los músculos contraídos, el cansancio. En la radio no nos dan tregua: las ondas siguen escupiendo realidades inquietantes y las facturas no se pagan solas a fin de mes. Me dejo morir en una cama revuelta y sueño con la vida propia de los dedos inquietos y torpes de un niño llamado Harris.

Más tarde me topo con este cartel: No tardarán en separarme de esta vertical que me sostiene sobre ti. Lleva ahí más de un mes, sostenido en esa vertical, resistiendo a las crisis mundiales, al pesimismo, a los días fríos, a las malas noticias, a las esperas inútiles, a los sueños truncados. Lleva ahí más de un mes. Resistiendo.

Bella poesía urbana para no perder la esperanza.

jueves, 5 de enero de 2012

Huertas-Malasaña



Al volver a casa veo la pared de cemento en la puerta del Hotel Madrid. Otra evidencia más: hay cierto pesimismo en el aire. Todos hablan de lo mismo a mi alrededor y tengo la sensación de que una realidad plomiza se ha apoderado del cielo de este país. Es como si el apocalipsis que anunciaran los mayas estuviera preparando su llegada. No sé desde cuándo, no sé qué, pero hay algo raro en el ambiente. La ciudad ha dejado de brillar como lo hizo en primavera, como seguía deslumbrando en verano, como iluminaba, suave y nostálgica, el otoño que se fue sin darnos cuenta.

Hace unas horas un polvo de harina llenaba un escenario. Una voz y otra y otra más. Los acordes de una guitarra, las frases antiguas de un libro de la tierra. Un orgullo ajeno me hincha el pecho y me remueve. Me conmuevo cuando voy y veo, cuando descubro que a veces las cosas ocurren: el esfuerzo merece la pena, lo ambiguo se vuelve concreto. Y sin más (sin menos) se cumplen. Se logra. Funciona. Y entonces quiero creer, quiero escapar de ese pesimismo del ambiente, de la resignación de este guión mal escrito.

Después abandonamos el teatro y olvidamos las promesas. Nos bebemos una caña, nos comemos una tosta, abandonamos el barrio de las letras. El cemento del Hotel Madrid me devuelve a la realidad. Hay algo extraño en esa calle que siempre me hace recordar a hombres que me hicieron vibrar. Miro la luna que ya no es la sonrisa traviesa de Oporto y cruzo Sol. En Callao los operarios bajan las luces de Navidad de los grandes almacenes. Ha debido terminar y yo sin enterarme.

Me ha picado un mosquito en el escote en pleno enero y me pregunto cómo es posible (el mosquito y el escote), atravesando la Gran Vía, oscura y denostada. Pero hay cosas que no se explican. De repente tengo miedo, de repente no. Es una certeza que me recorre por dentro y no me importa esperar. Sé que es y que será, no tengo prisa. Pero esa misma certeza me tambalea entre tal vez. Porque tal vez no sea certeza sino deseo. No sea real, sino ilusión. Y no sirva de nada esperar. Se desvanecerá como los sueños al llegar el día.

Hace tiempo que no hay nadie en la pista de hielo de la plaza de la Luna.
Tampoco en mi cama.
Duermo.

lunes, 2 de enero de 2012

último día




El último mediodía de este 2011 lo paso mirando desde una cristalera el océano. He metido mis pies desnudos en sus olas espumosas y el frío me ha cortado la respiración. Luego he dejado que la arena se me pegue a la piel, se me cuele entre los dedos y viaje así, camuflada entre mis uñas, al otro lado de la frontera.

Luego hemos conducido durante horas, se nos ha hecho de noche. Hemos hecho nuestro particular ranking de 2011: nuestros mejores momentos, nuestras mejores fiestas, nuestros mejores libros, nuestros mejores viajes. Al otro lado de la ventana iban pasando kilómetros. Veloces, como el tiempo.

De repente, tengo una sensación de pérdida que no entenderé hasta mucho más tarde y un cansancio en forma de tos que se me agarra al pecho, como la nostalgia los días de frío. Aún así me siento feliz de estar de vuelta.

Brindamos con champán pero sin alegría, tal vez porque hemos convertido la nochevieja en algo tan cotidiano que nos alegramos más las tardes que nos reunimos sin darnos cuenta al calor de la chimenena, cuando afuera cae el frío sobre las higueras. Tal vez esa emoción que me embargaba cuando era una niña y todos gritábamos al terminar las campanadas no podrá volver nunca. Será otra cosa.

Nos abrazamos y nos besamos y yo quisiera creer en todos los buenos propósitos. Tal vez sea un feliz 2012, tal vez no. Tal vez no sea ni una cosa ni la otra. Tal vez sea vida ni más ni menos. Vida en su totalidad. Feliz y triste, plena y vacía, grande y pequeña, mísera y maravillosa. Y no será peor ni mejor. Será. 
Simplemente.

Un año lleno de vida.
Para todos.


viernes, 30 de diciembre de 2011

Gaviotas

Las gaviotas sobrevuelan la ciudad de Oporto. Planean sobre el Douro, le siguen en su camino hacia el fin. Nosotras también le acompañamos y visitamos la playa. Este Atlántico frío no riza mis cabellos y posado a nuestros pies, tan inmenso y profundo, pienso primero en Nueva York, como si alguien en la otra orilla estuviera pensando exactamente lo mismo que yo. Después me pregunto cuándo se tragó el mar al río, cuándo este desapareció sumergido entre sus olas y su agua salada. En qué línea imaginaria dejó una cosa de ser otra. Desapareció. Se transformó.

Hace un frío húmedo en Oporto pero un sol brillante y dorado. Las gaviotas nos gritan desde el cielo y me asustan. Luego tropiezo. Otra y otra vez. He tropezado tantas veces en esta ciudad que doy pasos inseguros por sus calles empedradas pero no dejo de mirar su cielo limpio, de cerrar los ojos mientras respiro esta ciudad hermana. Nos encontramos una muralla, una iglesia, un mercado, una estación. Subimos y bajamos en esta ciudad de cuestas y azulejos, de edificios abandonados, de vinos dulces y pescados sabrosos. Agotamos el día, agotamos diciembre. Se nos agotaron los días del calendario. 

Descubro, no obstante, que no he dedicado ni uno solo de mis pensamientos, desde que llegué aquí, al año que se acaba. Tampoco al que empieza, aunque de eso ya se encargan las noticias en el diario: ser más pobres para parecer más ricos, esa es la consigna. 

No me pregunten por qué pero tengo la sensación de que las gaviotas no solo nos sobrevuelan en Oporto. No solo me asustan en Oporto. 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Día de fiesta


Todo lo que quedó de ayer fue media botella de vino y apenas un par de golosinas compradas en el chino de abajo. También una cama deshecha, cristales rotos de una botella destrozada y un silencio sepulcral como de mañana de domingo.

No se escuchaban ya viejas canciones italianas, ni el sonido metálico de nuestros besos de vino, cuando ahogábamos un grito de placer, un baile de pasos perdidos, un montón de palabras no dichas. Nunca estuvimos desnudos del todo y sin embargo nos vestimos y nos desvestimos una y otra vez. Luego dejamos que el equilibrio abrazara nuestra balanza, nos acurrucamos en el sofá, soñamos con un mundo perfecto e irreal en que ninguno creíamos y nos dimos al placer de la piel. Recorrerla sorteando una a una cada pequeña imperfección, cada lunar como una estrella, cada cicatriz como un abismo.

Hoy es día de fiesta, pensé y tú negaste con la cabeza. No para mí y te marchaste ronroneando con el pelo polvoriento y la sonrisa cansada. Tu mirada, a pesar del sueño, era como tú, risueña. Nada que ver con la sombra negra que a veces, sin saber por qué, te nubla la vista de repente. Es como si un demonio se interpusiera entre tú y el mundo y aunque sea invisible y propio se vuelte tan palpable y real como la piel rugosa de tu espalda.

He recogido la casa después de la fiesta de ayer. Lentamente, como se despereza un gato he ido poco a poco borrando las huellas de la noche anterior. No fue fiesta exactamente lo que aquí tuvimos, quizá un encuentro, una aventura, una búsqueda, algo con lo que olvidar que no somos capaces de olvidar, que seguimos día a día arrastrando fantasmas. No una fiesta. Eso no. Otra cosa.

Solo cuando mi cama se ha quedado vacía la casa se ha convertido en mi hogar desangelado. He recogido la ropa, he cambiado las sábanas, he fregado los cacharros, he metido mi cuerpo gastado y humeante en una ducha caliene que me ha limpiado por fuera. He encendido una vela, he abierto un documento en blanco. He vuelto a la cama.

Me he despertado por segunda vez con hambre y frío. He recorrido descalza los pasillos de la casa y solo he encontrado media  botella de vino y la bolsa casi vacía de golosinas. Dos corazones de melocotón y fresa son el único resquicio de aquella orgía de azúcar, regaliz y vino.
Dos corazones abandonados. Muy propio.

Brillaba Madrid al otro lado de la ventana.
Me he salido a beber unas cañas.

Cuento a la vista

Cuento a la vista
La parte niña del vestido a rayas