Marta también se fue. En aquella época se iban algunos y muchos, casi
todos, planeábamos hacerlo en algún momento. Nos habíamos acostumbrado a
celebrar las despedidas y las visitas en el bar Manolo, el que había
frente a la biblioteca de Derecho y que ya no se llamaba así. El bar
Manolo, con sus azulejos azules, sus fotos de festejos taurinos, sus
máquinas tragaperras y sus parroquianos bebiendo orujo había sido
nuestro punto de encuentro durante la carrera y, muchos años después de
que dejáramos de estudiar, habíamos vuelto a él cuando Fer e Isa se
mudaron al lado. Los azulejos, los carteles y las máquinas seguían ahí,
pero los parroquianos habían desaparecido. Ahora el bar se llamaba El
dragón rojo y estaba regentado por una familia de chinos.
- ¿A un chino, tío? Vamos a un bar de cañas, ¿no?
Pero aquel era un bar de cañas. Y de tapas además. Lo único diferente era que en vez de un pincho de tortilla, de acompañamiento con el botellín podías elegir entre rollito, cerdo agridulce o arroz tres delicias. Pero poco nos importaba. Era barato, podías beber y comer hasta hartarte y tenía un patio donde fumar hasta que nos echaban, siempre más tarde de lo que debían. Se convirtió en nuestro bar de cabecera cuando dejamos de ir por los garitos del centro.
Seguimos llamándolo, sin embargo, el bar Manolo, porque aquello de dragón rojo nos sonaba a puticlub y porque al dueño, que siempre nos daba la mano cuando llegábamos, también le llamábamos Manolo. Y a su mujer Lola. Y a la chica, que debía estar costeándose los estudios a nuestra salud, la llamábamos Lolita.
En el bar Manolo, Celia y Miguel nos dijeron que iban a tener un hijo, Rosa nos presentó a su novio escocés y Félix nos invitó a beber con él hasta que se hiciera de día y tuviera que coger un avión rumbo a Quebec. Félix fue el primero que se fue, que se fue de verdad, sin fecha de regreso. Antes las despedidas daban envidia: Rosa que se iba de Erasmus, Marcos que se marchaba a viajar durante seis meses a Sudamérica, Elisa que se iba a trabajar un verano a un orfanato de La India. Pero las nuevas despedidas no daban envidia. Daban rabia.
Después de Félix se marcharon Juan y María. Se fueron con su furgoneta a Burdeos, para terminar la tesis que se quedó sin fondos en la Complu. Luego Miguel encontró trabajo en Boston y huyó con Celia y el pequeño. Cómo iban a quedarse en este país de mierda. También se marchó Víctor, y poco después Bea con Julia, y Alberto y Elisa.
Nosotros, los que nos quedábamos, les decíamos adiós desde el bar Manolo, mientras Lola nos ofrecía una tempura de langostinos pasados y Lolita hacía sus ejercicios de microeconomía sobre la barra. Nuestros amigos se iban y Lolita, con su piel pálida de china, sus ojos de china y su pelo de china nos hablaba con acento de barrio. Era tan de aquí como nosotros. Tan de fuera como serían los hijos de nuestros amigos que no veríamos crecer.
La última en irse fue Marta. La noche de su despedida compramos confeti y globos y le hicimos una tarta llena de lacasitos, como si fuera una niña en su séptimo cumpleaños y no una mujer de treinta y uno dispuesta a marcharse con lo puesto a la otra punta del planeta.
En el bar Manolo había mucha gente. Lolita acababa de licenciarse en Turismo y había llevado a todos sus amigos y entre nosotros competíamos a ver qué grupo era más ruidoso. A ver qué mesa acumulaba más botellines.
Me encontré a Lolita saliendo del baño, con su piel pálida de china, sus ojos de china y su pelo de china. Tan joven, tan china y tan bella que cerré los ojos e imaginé un beso. O hice algo más que imaginar. Ella me mandó a la mierda y siguió su camino. Pablo que lo vio lo contó muerto de risa en la mesa.
No pararon de burlarse de mí hasta que Marta, totalmente borracha, empezó a llorar desconsoladamente. Aquí y ahora quería ser Lolita. Quería ser recién veinteañera. Quería que un desconocido le besara la boca. Quería terminar una carrera y sentirse dueña de algo, aunque fuera algo tan inútil como un título universitario. Allí donde iba quería ser Lolita, con su piel pálida de china, sus ojos de china, su pelo de china y su acento de barrio.
Ser tan de aquí como nosotros y no tan de fuera como aquella familia de chinos sin nombre.
- ¿A un chino, tío? Vamos a un bar de cañas, ¿no?
Pero aquel era un bar de cañas. Y de tapas además. Lo único diferente era que en vez de un pincho de tortilla, de acompañamiento con el botellín podías elegir entre rollito, cerdo agridulce o arroz tres delicias. Pero poco nos importaba. Era barato, podías beber y comer hasta hartarte y tenía un patio donde fumar hasta que nos echaban, siempre más tarde de lo que debían. Se convirtió en nuestro bar de cabecera cuando dejamos de ir por los garitos del centro.
Seguimos llamándolo, sin embargo, el bar Manolo, porque aquello de dragón rojo nos sonaba a puticlub y porque al dueño, que siempre nos daba la mano cuando llegábamos, también le llamábamos Manolo. Y a su mujer Lola. Y a la chica, que debía estar costeándose los estudios a nuestra salud, la llamábamos Lolita.
En el bar Manolo, Celia y Miguel nos dijeron que iban a tener un hijo, Rosa nos presentó a su novio escocés y Félix nos invitó a beber con él hasta que se hiciera de día y tuviera que coger un avión rumbo a Quebec. Félix fue el primero que se fue, que se fue de verdad, sin fecha de regreso. Antes las despedidas daban envidia: Rosa que se iba de Erasmus, Marcos que se marchaba a viajar durante seis meses a Sudamérica, Elisa que se iba a trabajar un verano a un orfanato de La India. Pero las nuevas despedidas no daban envidia. Daban rabia.
Después de Félix se marcharon Juan y María. Se fueron con su furgoneta a Burdeos, para terminar la tesis que se quedó sin fondos en la Complu. Luego Miguel encontró trabajo en Boston y huyó con Celia y el pequeño. Cómo iban a quedarse en este país de mierda. También se marchó Víctor, y poco después Bea con Julia, y Alberto y Elisa.
Nosotros, los que nos quedábamos, les decíamos adiós desde el bar Manolo, mientras Lola nos ofrecía una tempura de langostinos pasados y Lolita hacía sus ejercicios de microeconomía sobre la barra. Nuestros amigos se iban y Lolita, con su piel pálida de china, sus ojos de china y su pelo de china nos hablaba con acento de barrio. Era tan de aquí como nosotros. Tan de fuera como serían los hijos de nuestros amigos que no veríamos crecer.
La última en irse fue Marta. La noche de su despedida compramos confeti y globos y le hicimos una tarta llena de lacasitos, como si fuera una niña en su séptimo cumpleaños y no una mujer de treinta y uno dispuesta a marcharse con lo puesto a la otra punta del planeta.
En el bar Manolo había mucha gente. Lolita acababa de licenciarse en Turismo y había llevado a todos sus amigos y entre nosotros competíamos a ver qué grupo era más ruidoso. A ver qué mesa acumulaba más botellines.
Me encontré a Lolita saliendo del baño, con su piel pálida de china, sus ojos de china y su pelo de china. Tan joven, tan china y tan bella que cerré los ojos e imaginé un beso. O hice algo más que imaginar. Ella me mandó a la mierda y siguió su camino. Pablo que lo vio lo contó muerto de risa en la mesa.
No pararon de burlarse de mí hasta que Marta, totalmente borracha, empezó a llorar desconsoladamente. Aquí y ahora quería ser Lolita. Quería ser recién veinteañera. Quería que un desconocido le besara la boca. Quería terminar una carrera y sentirse dueña de algo, aunque fuera algo tan inútil como un título universitario. Allí donde iba quería ser Lolita, con su piel pálida de china, sus ojos de china, su pelo de china y su acento de barrio.
Ser tan de aquí como nosotros y no tan de fuera como aquella familia de chinos sin nombre.


