martes, 22 de diciembre de 2009

los sueños

Los sueños pueden cumplirse o no.
Pero eso es lo de menos.

Lo de más es seguir levantándose cada mañana deseando algo con fuerza (que Charo no se haya acabado la leche, que el trabajo no sea duro, que me llames y me digas que vienes y nos tomemos una cerveza y nos comamos la noche o a besos)

Lo de más es tener a alguien a quien contarle los sueños, las pesadillas. Antes, durante o después del café.

Lo de más es sorprender el brillo en tus ojos cuando hablas de un nuevo proyecto. De otro sueño.

Lo de más es no dejar nunca de creer en ellos.
No dejar nunca de tenerlos (y de compartirlos)

¡Feliz Navidad a todos!

La ilustración/felicitación está vilmente robada a mi amiga Raquel, que a veces no cree en los sueños pero que no deja de perseguirlos con fuerza.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Chueca

La ciudad tirita bajo una oleada de aire siberiano y yo observo a los hombres solitarios desde la ventana. Caminan arrastrando los pies y sus décadas de fracasos en un barrio que es más de ellos que de nadie, aunque esté tomado por una jauría de cuerpos cultivados vestidos a la última. Sortean los desperdicios provocados por la última orgía de sábado noche mientras arrastran la correa de un perro y van a comprar el periódico.

Desde mi refugio, este iglú-agujero en el que habito, trato de rescatar los rasgos de ese Chueca antiguo, el marginal y marginado, cuando las calles las poblaban yonquis y putas travestidas y abuelas en edificios sin rehabilitar. No me parece tan distinto, aunque las drogas ahora sean de diseño y los yonquis, treintañeros con complejo de peter pan y un buen saldo en la cuenta corriente.

Chueca los domingos es un barrio con resaca que no mira el reloj. Las calles están tranquilas, los bares casi vacíos y las tiendas de diseño cerradas. Es en ese momento cuando los hombres solitarios salen a pasear arrastrando sus pies y sus décadas de fracasos. Es entonces cuando el barrio es más barrio que nunca. Más de ellos que de nadie.

Los intrusos, como yo, solo espían desde la ventana.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Buscando a Nemo


Los animales que llenaron los dibujos animados de mi infancia (y de mi no tan infancia) son hoy simples nombres que no esconden nada. Casi ni existen. Son datos minúsculos de un planeta que devora a sus habitantes, porque otros habitantes lo devoran a él.

Fuera la nieve y dentro una calefacción que no calienta, unos pies fríos, un té que arde. En la otra punta del continente un montón de hombres trajeados comparten apretones de mano, comilonas y reuniones interminables e inútiles mientras la sirenita de esa ciudad que hoy les acoge, se pregunta cuánto tiempo más seguirá ahí parada mirando el mar, cuándo ese mar, pero de mierda, la absorberá para siempre.

Los animales de mi infancia serán un día animales fantásticos que reinen en las crónicas inventadas de algún escritor sin imaginación. Serán dibujos sin animación que solo queden en nuestras retinas como un recuerdo sombrío de algo que quien sabe si realmente existió. No conoceremos a Seabert, ni a Mofly y aunque quizá haya alguien que busque a Nemo, decidme...

¿habrá alguien que lo encuentre?

jueves, 3 de diciembre de 2009

Pérdida

Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos
tantas veces el amor la felicidad tenia que ser otra cosa,
algo quizá más triste que esta paz y este placer,
un aire como de unicornio o isla, una caída interminable
en la inmovilidad.
Rayuela
Julio Cortázar

Qué aire de melancolía no va a tener mi salón si en las paredes que lo abrazan resaltan estas palabras en tinta negra mientras abajo se llena el sofá blanco de cansancio marrón. No entra la luz de la calle ni se acaba nunca nuestro silencio.

Me tocas pero tu caricia no es una cura, es una tragedia, una mentira, otra nostalgia más que acumular. Aunque todavía no lo sé y me sumerjo para purificarme contigo y volverme otra. Con la incredulidad en la boca y la sonrisa en los ojos sin saber que estoy a punto de perder la fe.

Una vez más.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Fluir

Ignorantes de un futuro que proyectamos continuamente en nuestro pasado, echamos la vista atrás en el escaso minuto en que coincidimos en el baño, tú con los pantalones bajados, yo pintándome el ojo justo antes de salir. Me recuerdas con la mirada dormida que ya lo dijimos antes, que éste sería un año de cambios, que lo anunciaba la vida. Que cerrábamos un ciclo.

Lo dijiste entonces y lo dices ahora, con tu cuerpo llenándose de formas redondas, tu cabeza repleta de planes y las maletas a punto de salir por la puerta. Abrimos ciclo, como se abren las paredes de tu útero fértil y la vida nos recuerda que es puro fluir.

Yo arranco fotos de una pared de oficina destartalada y tú haces lo propio de una habitación verde que apenas fue tuya un segundo pero en la que se forjaron los primeros momentos de esta nueva vida. Donde colgaste un calendario que marca las semanas y no los días, donde guardaste fotos en blanco y negro y los primeros regalos. Donde fuiste consciente de toda tu feminidad y de la varonil presencia que te crece dentro.

Miro las fotos y las sonrisas de entonces que ignoran la inquietud de ahora, la felicidad venidera. Observo los pies que nos llevaron hasta este punto y me pregunto si ellos ya sabían.

De este fluir.
De la vida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

noviembre

Todo está oscuro pero no tengas miedo. Es tan fácil como darle al interruptor y dejar que la oficina se ilumine con esta luz blanca y aséptica. En nuestro silencio nos aturullan los teclados traqueteando mecánicamente. Se me ha rizado el flequillo con la humedad y mi mesa está llena de trastos inútiles. Fuera de aquí la niebla embellece la ciudad y la convierte en un lugar mágico donde pueden producirse todos los encuentros imposibles. Encerrada aquí maldigo ese cristal sin limpiar. Tal vez pasaron años desde la última vez. No confesaré que soñé contigo. Vine de paso y aquí me quedé. Tú te fuiste. Tú volviste y yo no hice nada. Esa fue mi opción.

Zanjas en las calles, taxis con la luz verde, charcos en las calles. Luces de navidad, colas en doña Manolita, anuncios de perfume en la televisión. Aniversarios y flores. Sueños en una maleta.

Ya ves.
Se nos ha escapado noviembre.

viernes, 13 de noviembre de 2009

La estrambótica

estrambótico, ca.
1. adj. coloq. Extravagante, irregular y sin orden.



Salió de la oficina con el pensamiento negro y las medias verdes murmurando maldiciones en alto y gesticulando con los brazos. Una voz interior le leía la cartilla y le sermoneaba sobre la vida. Está bien, gritó, haré propuesta de enmienda, y se dirigió al centro de la ciudad a renovar su vestuario. Lo prometo, dijo, vestiré de negro.

Así que se compró una camiseta, una falda, un vestido, unas medias. Todo negro. Y se dijo que a partir de aquel día sería una persona seria a la que le tomarían en serio. Estrambótica, ¿yo? Eso nunca.

Y salió de casa a la mañana siguiente con su nueva vestimenta. Una no estrambótica que anda por la calle, un punto negro más en la maraña de gente gris del metro. Una chica seria, sí señor.

Pero no le fue mucho mejor. Tuvo un día de perros, trabajando como una negra, con el jefe poniéndola negra con cada comentario, viendo un futuro negro reflejado en su ropa del mismo color. Al salir de la oficina, después de aquel día tan monocromático, volvió a tener una discusión con su voz interior. Esta vez fue ella quien le leyó la cartilla. ¿Estrambótica? ¿Por qué no?


Y estrambótica se quedó.
(Eso sí, siguió usando la ropa negra para hacer excentricidades de vez en cuando, que para eso la había comprado :o)

viernes, 6 de noviembre de 2009

Y se queda Madrid

Se queda a este lado de la Gran Vía, con las plantas colgando en el balconcito que vio pasar veranos, periódicos y bocas carnosas de tomate y aceite. Se queda esperando, con ese abrazo de nubarrones y lluvia ácida, de pintadas por las paredes reivindicando la nada, con su galopar de autobuses eléctricos, con sus fiestas guardadas en pisos recién estrenados. Se queda Madrid y yo vuelvo a visitar un aeropuerto y a mirar hacia atrás y a contar los días.

Desconecto. Unos días.

Pero, soy insoportable, siempre quiero lo que no tengo.
Esta ciudad a la que le soy infiel de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Por poner un ejemplo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Requiem



Hace mucho que nos cayó la lluvia en aquella ciudad sumergida. A la vuelta yo miraba a la nada en mi habitación sin ventanas y te sentía sobrevolando mi casa como un demonio camino al infierno. Luego llegó el invierno más frío, la cama repleta de silencios, la nostalgia que se quedó para siempre. No quemamos los papeles y sin embargo ardió la hoguera y vinieron los fantasmas y pasó un verano.

Y volvió el día de muertos. Comí buñuelos de trufa, sentí el crujir de mis huesos, felicité a una amiga.

Pensé en mis cadáveres exquisitos y los descubrí podridos, malolientes, olvidados en una caja de zapatos.
Recité de memoria una oración y dejé que sonara el requiem.

jueves, 29 de octubre de 2009

Incoherencias

Esta noche otra vida posible ha venido a buscarme. Comenzaba un otoño frío, los taxis eran amarillos y los edificios tenían cristales relucientes y tocaban el cielo. Yo llevaba el pelo muy corto, muy corto, y de un rubio platino a lo corresponsal de Asia-Pacífico de TVE. Aguien tocaba un saxofón. Parecía feliz.

Luego he despertado en una habitación con plantas y persianas de madera y afuera sonaban los mosquitos de una selva de asfalto y orín. Un sol de diez de la mañana me saludaba a las nueve y yo he hecho lo propio con el frutero que descargaba naranjas. Todo estaba en calma, la ciudad.

El sol en el tren me ha hecho cerrar los ojos y escuchar la conversación adolescente de dos estudiantes de primer año, con las carpetas apretadas contra el pecho. Luego otra vida posible se ha colado en mi ordenador. Otra ciudad que es un amante y es una estación fría, y un parque lleno de naranja y de niños rubios de mejillas sonrojadas. Pero no me he sentido triste.

Saliendo de la oficina he pensado en la magia y en los que no creen en ella y le he echado la culpa de todo a Jean Pierre Jeunet. Las chicas de ahora soñamos con ser Ameliés urbanas esperando una vespa que nos lleve a recorrer la ciudad. Escuchando un acordeón en el metro mientras contemplamos las paredes repletas de mensajes en clave dirigidos sólo a nosotras. Buscando un beso y un gato. Una camiseta a rayas. París.

Pero los hombres no llenan la ciudad de mensajes en clave ni se enamoran de Ameliés con medias de colores.

O sí, sí lo hacen.
(En todas y cada una de mis vidas posibles)

jueves, 22 de octubre de 2009

clases de baile

Para P.
por los bailes en la cocina



Se conocieron en una fiesta de cumpleaños ambientada en los años cincuenta y ambos improvisaron un swing inventado. Acabaron muertos de la risa rellenándose la copa con whisky malo y hablando de la vida. Luego pusieron Sinatra, bailaron agarrados y decidieron que debían quererse al menos como dos extraños en la noche.

Cuando dejaron de ser extraños comenzaron a verse cada día y bailaban sin darse cuenta siempre que tenían ocasión. Se acaramelaban con la música de Ella Fitzgerald encima del sofá de la casa de ella justo antes de quitarse la ropa, se desmelenaban con alguna canción de Elvis mientras esperaban a que se descongelara el pescado. Se hartaron de caipirinha y de música samba el día que el camión de las mudanzas llevó sus muebles a aquel pisito tan cuco cerca de Tirso de Molina.

No dejaron de bailar después. Lo hacían en la cola del autobús, por los pasillos de congelados del supermercado, en el salón oscuro los domingos de lluvia, en la playa brillante las tardes de verano.

Un día alguien les sugirió que se apuntaran a bailes de salón. Si lo hacéis tan bien sin tener ni idea, imaginaros si aprendéis algunos pasos. A ellos les entusiasmó el plan y buscaron una academia cerca de casa a la que acudir los lunes por la tarde. Un paso adelante, dos cortos detrás y ahora una vuelta. Parecía fácil, pero empezaron los problemas.

Vas demasiado deprisa.
Vas demasiado lento.
Son dos pasos no tres.
Déjame que te lleve yo.
Quieres no pisarme.

Un lunes ninguno se presentó en la clase. Se encontraron en casa y prefirieron no decirse nada. Pero al encender la tele para llenar aquel silencio un grupo de famosos se esforzaba por hacer coreografías perfectas para ganar un premio benéfico.

Cuando meses después volvió el camión de la mudanza, en aquel piso tan cuco de Tirso de Molina hacía mucho tiempo que ya no bailaba nadie.

miércoles, 14 de octubre de 2009

llueve



No, no me equivoco.
Llueve afuera porque aquí dentro suena jazz y yo sólo pienso en cafés llenos de humo donde acercar mi mejilla a la tuya y dejar fluir la tristeza.
Llueve porque es octubre y hace mucho que nos conocemos.
Llueve y por eso mis rizos están encrespados y me surge una aureola naranja alrededor de la cabeza, como de niña traviesa que ha saltado por los charcos de la ciudad.
Llueve porque lo decidieron mis sombreros del perchero, mis abrigos de colores, mis botas polvorientas en el armario.
Llueve y el agua limpia las calles del barrio, riega las plantas de la casa con balcón. Aparta las malas noticias y purifica los cuerpos.
Llueve porque Daimiel agoniza. Porque lo necesita. Como yo.


Llueve porque me da la gana.
Porque la vida en este universo de vestidos a rayas es tal y como una la imagina.
Perfecta.
Lluviosa.
Mira por la ventana...
¿ves como no me equivoco?

viernes, 9 de octubre de 2009

A grandes rasgos


Saltamontes,
el verano no quiere marcharse de Madrid, pero yo sí.
(No hago otra cosas que planear huidas).

El libro que compré de Beirut me hace llorar en el Cercanías.
(Te encantaría).

Tengo unos botines rojos sin estrenar.
He contado 15 pares de medias.
(Cuándo el frío).

Arreglé la bici.
Se volvió a pinchar.
(No te preocupes, de momento sobrevivo sin viento en la cara).

Cerraron el local de comida árabe frente a mi casa.
(Ya sabes, la crisis)

A mí, entre tanto, volvió a traicionarme un desconocido.
Lennon cumpliría 69.
Es viernes.

Me encantaría tomarme un café contigo
.

martes, 6 de octubre de 2009

la leona valiente



La leona, cansada de las exigencias de aquel domador de bigotes puntiagudos y culo flácido, soñaba desde hacía tiempo con escapar. Al principio no lo hizo por el león, porque no podía evitar sentirse atraída por aquella melena rabiosa, aquellos ojos felinos y esa lengua aterciopelada. Luego descubrió con decepción que ella no era la única gatita de su corazón y enrabietada se juró a si misma que se escaparía de aquel circo de tercera donde malvivía a kilómetros luz de la sabana prometida, de aquel lugar al que pertenecía aunque jamás hubiera pisado. Así que un día mientras todos se abalanzaban hacia la comida, salió tranquilamente por la puerta. Una vez fuera corrió como no lo había hecho nunca y descubrió que su piernas eran más fuertes y rápidas de lo que jamás habría imaginado.

Caminó durante horas por los bosques, trató de cazar sin éxito algún conejo confiado y escuchó el rumor del mar. Durmió sobre un alcornoque, hambrienta pero feliz de estar por primera vez sin cadenas. De ser libre. El bosque enseguida se apiadó de ella. Pobre leona, con suerte acabarás con un dardo repleto de somníferos clavado en una nalga. Pobre leona, eso si antes un padre de familia asustado no te escupe una bala llena de muerte en tu corazón libertario.

La mañana le pilló por sorpresa, la luz de aquel sol de otoño era el espectáculo más bello que había visto nunca y supo que jamás volvería a su jaula del circo, que moriría en el intento si hacía falta. Pero no tuvo miedo. Era una leona africana, la verdadera reina de la selva, la que era capaz de cazar por la manada, de compartir su presa, de cuidar de los suyos, de defenderlos mientras el león dormía y espantaba moscas con el rabo.

El bosque, conmovido por la valentía de la leona decidió protegerla.
Nunca la encontraron.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

soy el gato

No es la gripe A ni tampoco tienen la culpa los besos que regalé algún septiembre envenenado.
No es el cúmulo de noches sin parar de hablar que coleccioné este verano.
No es la abundancia de la que carezco, ni los escotes abiertos, como heridas, en medio del pecho.

No es y sin embargo, me siento cual gato de rayas de colores. Atravesada por una vía oxidada que rasga mi garganta y se me mete dentro.

Miro la imagen: nada tengo que ver con la chica del chubasquero de corazones que hace clic con su cámara.
No hay más que verme: soy el gato.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Nunca pasa nada



Nunca pasa nada, me dijiste una tarde de septiembre extraño. Hacia un año que te habías marchado dejándome una lata de cerveza vacía en la mano, un agujero dentro, un final sin principio. Lo decías como si aquella verdad absoluta fuera buena, como si el hecho de que las cosas no cambiaran, de que todo siguiera tal cual, demostraba que aún se podía tener esperanza.

Nunca pasa nada, te dije yo una tarde de septiembre absurdo. Hacía poco que había aprendido a olvidarte sin rencor, a no dejarme rasgar por tu recuerdo amargo. En mi voz aquellas palabras sonaban a lamento, como si aquella verdad irrefutable fuera una herida que no sangraba pero que seguía intacta para recordarnos el dolor.

Nunca pasaba nada y si había pasado no había conseguido cambiar las cosas, porque ahí estábamos otra vez. Igual que siempre. Sin nada nuevo que contar, sin que nuestra felicidad o nuestra tristeza se hubiera movido un ápice de sus posiciones. La vida era un mar en calma que te gustaba contemplar.

Pero idiota de mí, yo soñaba con tempestades o maremotos.
Cualquier cosa que llenara de oleaje aquellas aguas tranquilas.

jueves, 17 de septiembre de 2009

El agujero

Estuvieron caminando durante mucho tiempo buscando precisamente aquello: el mar. Sin embargo cuando por fin llegaron sólo encontraron un agujero. Se asomaron y escucharon la brisa, el vaivén de las olas y los graznidos de las gaviotas. Olieron la sal, sintieron la humedad del ambiente, se empaparon del horizonte infinito.

Cuando trataron de colarse por el agujero se dieron cuenta de que era demasiado pequeño. No cabían. No podían alcanzar el mar.

Pero no se rindieron.

lunes, 14 de septiembre de 2009

el hombre de la ventana


Sueño con un hombre en la ventana que fuma un cigarro, que mira un mar que huele a tubos de escape y que vive una historia de amor y desamor con las ciudades que no habita. El hombre me mira fascinado desde el alféizar, bebe a sorbos su café recién hecho y se pone a cantar. Yo le pregunto que hace ahí, de dónde ha salido y él contesta en una lengua que no logro descifrar. No hago más preguntas y me dedico a dibujar formas uniendo las pecas de su espalda.

Luego el hombre de la ventana apaga su cigarro, se acerca a mí y me retira el pelo de la cara. Venga, salgamos. Y esta vez entiendo perfectamente cada palabra que se escapa de su boca. Me coge de la mano y me arrastra a la ciudad. Hace frío, tiemblo, es la primera vez en todo el verano. Subimos a un montículo lleno de edificios desmoronados. ¿Por qué aquí? Y le pido que mire más allá. Se ve la torre. Nos entra hambre y nos sentamos en una terraza. Todo el mundo parece feliz a pesar del viento. Yo le cuento donde estaré mañana y él me cuenta a donde se marchará después. Te mandaré una postal, le digo y al sonreír se le dibujan un millón de arrugas junto a los ojos cansados.

Comemos sin prisa, hablamos poco y nos miramos mucho. Somos tan irremediablemente bellos que cuesta apartar la vista. Antes de que empiece a ponerse el sol nos damos un paseo por el parque. Se ha agotado el domingo con tanta suavidad como lo hizo el verano. Al abrazarme para despedirse lo hace tan fuerte que despierto del sueño: el hombre de la ventana se ha esfumado pero en la cocina, no me pregunten por qué, huele a tabaco.

Y en esta casa hace mucho que no fuma nadie.


miércoles, 9 de septiembre de 2009

Todo el mundo se besa en Berlín



Cuando llegué a Berlín me fui a desayunar a Admirall Brücke. Vi pasar a una viejecita loca y borracha que buscaba mi mirada cómplice y una conversación sobre la vida. Vi varios perros y sus amos, una madre y un niño, algunas parejas. Una de ellas, cogida de la mano, sonriente, se dirigió hasta el centro del puente y, como si de un ritual se tratara, el chico tomó a la chica en brazos y se besaron pasionalmente durante varios minutos. Al momento apareció otra pareja que se besó intesamente en una esquina del puente.

Luego cogí la bici y recorrí la ciudad. Me paré en aquellos monumentos marcados con varias estrellas en mi guía personal de la ciudad: el parque, la casa, la escuela, el rissani, el rossman, el mercado. Y en todas ellas las bocas buscaban otras bocas, los besos aparecían por doquier.

Todo el mundo se besa en Berlín, pensé.
Así que me dio envidia.*


*Liebe en alemán significa amor. Lo encontramos en el Kulturbrauerei.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Buenos propósitos



Tengo un bolso lleno de arena de playa y una maleta repleta de ropa interior sucia. El correo me escupe más emails de los que puedo digerir y en la oficina la moqueta es más gris ahora que contrasta con mi piel morena. Casi tres semanas de vacaciones y al volver Madrid en la voz grave de un sobrecargo sonaba suave, excitante y tan acogedor como la manta de cuadros sobre el sofá las tardes de noviembre.
Luego el caos y la T4, correr, llegar tarde, lo de siempre.
Y la idea de septiembre que me ronda y ese cosquilleo: una lista de buenos propósitos.

Prometo cocinar más.
Prometo cuidarte aunque no haga falta.
Prometo volver a escribir cartas.
Prometo no abandonar esta vez.
Prometo decir siempre la verdad.
Prometo, este otoño sí, cumplir sueños.
Prometo encontrarlo y seguir buscando.

Prometo ser feliz.


Y empiezo desde hoy.
No me valen cansancios.

sábado, 29 de agosto de 2009

Kotti


Kottbusser Tor, Kotti, como lo conocen los berlineses, es probablemente uno de los rincones más feos de todo Berlín. Una rotonda terrible con edificios de corte setentero, llena de suciedad, punkies con perros y viejos borrachos. Siempre hay movimiento, día o noche, y es un lugar que a pesar de su fealdad me encanta. Es el principio de todas las cosas, el lugar por el que casi siempre hay que pasar para ir a cualquier parte, la esquina en la que uno se puede tropezar con un conocido o despedirse de un companero. Un rincón donde la vida fluye y Berlín se desvela como lo que es, una ciudad de contrastes en la que siempre hay hueco para tí. 

Me subo a una terraza donde sirven mezcal y escuchan salsa y la contemplo desde lo alto una noche de verano sin frío. Desde arriba la ciudad, como la existencia misma, parece abarcable y absurda. Lanzo preguntas al aire que nadie contesta y me hundo en reflexiones regadas con cerveza. De repente ha pasado tanto tiempo que ya no recuerdo donde quedó Madrid ni que María fue la que llegó a esta ciudad por primera vez hace ya ocho veranos.  De repente la vida entera consiste en brindar con amigos y observar como devoran los vagones amarillos, tan feos y horteras como el propio Kotti, las hordas de jóvenes que llenan los ándenes a esas horas de la noche.

Una vez más pienso en las vidas posibles, en los amantes que se escaparon de mi cama, en los rincones en los que imaginé besos que nunca di, en las rutinas de la ciudad del muro que nunca convertí en monotonía y me da por pensar que la vida es como el propio Kotti: un lugar feo que sin embargo uno no puede dejar de mirar embelesado.

martes, 25 de agosto de 2009

Aquí, donde lo dejamos

Dice Frauke que Kreuzberg se ha llenado de turistas. Yo no hago más que escuchar inglés por la calle, así que tal vez tenga razón. Hace un día precioso en la ciudad del muro. Como siempre esta ciudad me pone triste y me hace feliz al mismo tiempo. El barrio sigue igual. Todas las esquinas me hablan y pienso en Fran en su ciudad amarilla y le veo aquí, esperando el U-bahn en Schlessises Tor. No estoy acostumbrada a vivir esta ciudad sin él.

Estar en Berlín es extrano. Es lo de siempre pero es extrano. Camino por sus calles con la cabeza alta y una sonrisa de mujer feliz y me dan ganas de decirle a todo el mundo que estoy aquí de nuevo, que la ciudad me cuenta y yo le cuento. Que hemos retomado el romance donde lo dejamos, que volvemos a hacernos cosquillas, a cogernos de la mano, a vivir este amor imposible.

Pero no digo nada. 
Con la sonrisa me basta.

viernes, 14 de agosto de 2009

fiestas



Antes, cuando los veranos eran eternos, enfilábamos siempre a principios de agosto los campos de Castilla y llegábamos al pueblo. Veíamos el cerro, con la imagen del sagrado corazón de Jesús y comenzaba el cosquilleo. Uno a uno iban apareciendo los tejados, comenzaba el olor a cerdo, la brisa de la meseta y antes de darse cuenta uno estaba hablando raro, diciendo majo y maja a todas horas y acortando las frases (mamá, estoy en ca'la abuela).

Al principio los días eran largos, íbamos a la piscina con las bicicletas, comíamos golosinas y por la noche bajábamos al parque a comer pipas y ver pasar a los muchachos. Les poníamos motes cuando no sabíamos cómo se llamaban, ese tiene cara de Sergio, ¿viste al patillas? Luego se acercaba la fiesta y empezábamos a preparar la peña, limpiábamos, comprábamos, y la decorábamos con bolsas de plástico y papel continuo. Todo eso hasta que llegaba el 14 y arrancaban las fiestas.

Hoy es 14 y arrancan las fiestas. Estoy en una oficina enmoquetada a punto de salir, a punto de volver a un lugar que preserva el sabor de mi niñez, la sombra de mi abuelo en el corral, la incertidumbre de los primeros besos, la resaca de las primeras borracheras, el dolor de las primeras nostalgias. Al lugar que me recuerda impepinablemente que ya no somos niñas, que hace tiempo que dejamos de ver pasar a los muchachos, que ya no estiramos los días, ni nos duele la vuelta a casa, que ya no contamos los días que faltan en el calendario.

Pero algo no habrá cambiado.
Cuando en la carretera al fondo se dibuje el cerro y su escultura blanca, volverá el cosquilleo.

viernes, 7 de agosto de 2009

viernes negro escultura


Los coches se alejan por la carretera del sur.
Los aviones surcan el cielo en busca de playas exóticas.

No queda nadie en esta ciudad salvo tú, yo y un montón de turistas poco preparados para el calor denso que les espera. Solos tú y yo, salimos a redescubrir a esta ciudad desierto en un viernes de operación salida. En la calle Alcalá alguien corre a la caza de un autobús frigorífico que congele el sudor impregnado en su frente. El sol nos da una tregua, el viento terroso de África no. Mi mano se resbala en la tuya mientras cruzamos un paso de cebra en el que no nos aguardan coches. El hippy vagabundo que vive frente al Círculo de Bellas Artes escribe en su cuaderno, aposentado bajo la sombra de un árbol, viviendo una vida que a veces envidio. Sin vacaciones él también.

Subimos a un tejado donde respirar. Observamos la capa de contaminación bajo la que nos movemos, bajo la que soñamos futuros imposibles, bajo la que nos besamos sin compasión, olvidando el calor y la pastosidad de nuestras bocas. Desde arriba nosotros parecemos grandes y la ciudad una maqueta en miniatura. Las esculturas, negras de tanto sol, sobre los edificios nos saludan. Nos invitan pasear por las alturas con ellos y así lo hacemos. Recorremos cada fragmento de cielo de Madrid como si fuera la primera vez, notamos que se nos tuesta la piel, nos volvemos negro escultura y sin fuerzas elegimos un edificio en el que quedarnos vigilantes y absortos.

Cuando quiero darme cuenta hace tiempo que ha atardecido. Detrás de mi tú tampoco puedes moverte. Agosto, Madrid y su maleficio nos ha convertido en lo que somos ahora.

Dos figuras de bronce que desafían la gravedad y el aburrimiento en estas calles vacías.

viernes, 31 de julio de 2009

ganas de matar


Cuando ella se marchó aquella mañana aciaga de principios de enero, él se quedó tumbado en su cama un día entero. No tuvo fuerzas para ir a trabajar, ni para inventar excusas. Permaneció acurrucado e inmóvil bajo el edredón de plumas, en aquella cama compartida, aquel barco sin rumbo que de repente era una balsa de náufragos a punto de encallar. Estuvo toda la mañana sintiendo su presencia, hablando con fantasmas, secándose las lágrimas con la manga de la chaqueta. Tratando de entender.

Al segundo día decidió poner en orden sus pensamientos, no pasar por alto los pequeños detalles, destruir para reconstruir a su manera y curarse así aquella herida abierta. Fue entonces cuando empezó a nacerle un rencor mezclado con melancolía: ella se había marchado sin cumplir ni una sola de todas sus promesas, se había marchado al fin.

Pero la conocía. Supo que volvería tarde o temprano y preparó la venganza.
Compró una caja de madera donde guardar los malos deseos, las posibles humillaciones, las ganas de matar. Y por fin, rebosante la caja, esperó.

Cuando llegó el momento cogió su caja de madera repleta de rencores y acudió al lugar indicado. Se sentó frente a ella en un café lleno de humo y cuando la tuvo ahí delante, dispuesta a encajar los golpes, se dio cuenta de que no podría hacerlo.

Porque sentado frente a ella en aquel café lleno de humo lo único en lo que podía pensar, era en rozar con sus dedos su barbilla puntiaguda, perderse en un beso.

Dejarse matar.

miércoles, 29 de julio de 2009

tan fácil














Si esos labios te buscan acabarán encontrándote.
No podrás escapar.
Te pillarán desprevenida una tarde de lluvia.
Te acorralarán contra un muro.
Del susto te entrará la risa.
Entonces dirás: tan fácil.

Y después, sólo silencio.

miércoles, 22 de julio de 2009

La minifalda, los toros y el amor global



Hoy, y sin que sirva de precedente, les hablaré de mi trabajo. No de mi oficina, ya saben, ese lugar enmoquetado y gris donde viven pingüinos y otras especies animales, sino de lo que hago aquí. Digamos que soy una experta en trivial, en banalidades, en datos curiosos que no sirven para mucho, pero que pueden hacerte quedar bien (o mal) en conversaciones intrascendentes. Se lo voy a demostrar:

Estamos en la barra de un bar tomando unas cañas. Hablamos del amor global, de esa fiebre que nos ha dado por querer a los que, como dicen David, están más allá de la M-50 (prohibido, prohibido). Una habla de un amigo de Veracruz que viene a ver a la novia de Pamplona. La otra cuenta del colega madrileño que se enamoró de una libanesa, de una griega o de cualquier mujer de escritura diferente. Otra explica que un amigo mexicano tuvo un hijo con una argentina que se marchó. Y entonces yo les digo...

Hoy me he enterado de que Manolo Escobar conoció a su mujer en un lugar de playa donde tocaba. Ella, alemana de Colonia, veraneaba en la costa catalana. Él, de Almería, emigrado a Barcelona se debió quedar prendado de su rostro germano, de su hablar extraño o de vete a saber tú qué, que el amor es así de extraño. Ninguno de ellos hablaba el idioma del otro y sin embargo siguieron adelante. Por aquel entonces las alemanas eran como las suecas, una panda de liberales y de golfas. Sin embargo a esta no le importó que su hombre le prohibiera ir a los toros en minifalda. Así que continuó el idilio. Acabaron casándose.

Corría el año 1959, ella se apellidaba Marx y la boda se ofició en francés y alemán.
Un amor global como dios manda, y eso que de la globalización aún nadie sabía nada.
Pero es que esto del amor global viene de antiguo.
Que se lo digán si no a Hernán Cortés y a la Malinche.

Sigo así dos cañas más. Nadie dice nada. Ya saben...

viernes, 17 de julio de 2009

Otra

A Gema...



Así que el amor era esto. Un juego sin normas donde compartíamos una baraja sin comodines. No se trataba de ganar y sin embargo hemos perdido. Tú te descartas de todo y a mí no me sirve nada de lo que tiras en el tapete. Juegas con otra baraja, juegas a otro juego y yo estoy fuera. Me voy.

Desobedezco una y otra vez a las lágrimas y me cuelo en una fiesta y descubro entonces cuánto tiempo hace que no me bebo los jueves, que no me arrastro por las esquinas del viernes, que no visito camas y bocas y cuerpos.

Salgo después a una gran terraza, veo cómo se apaga Madrid, cómo se vuelve otra ciudad. Ahora es el viento quien levanta mi vestido y es otro el que mira por debajo, el que busca por debajo. Pido un hielo y dejo que la Gran Vída me haga cosquillas en los pies. Nada tiene sentido pero no importa, hace tiempo que dejamos de buscarlo. Hace tiempo que dejamos de intentarlo. Pero no pienso ponerme triste.

Me dejo arrastrar porque después de la noche llega el día y mi cuerpo cansado no te busca. Sonríe. La ciudad, que hoy parece otra, es de pronto un lugar maravilloso y mi cuerpo es mío, y mi vida es mía y la libertad estira mis comisuras y camino como si el mundo también fuera sólo mío. La gente me mira, despeinada, feliz. No he dormido les susurro. No he dormido sola. Y todos giran la cabeza.

Sale música de las alcantarillas, de las paredes de metro, de mi reproductor de música encajado en las orejas.
No es la ciudad la que es otra.
Soy yo.

miércoles, 15 de julio de 2009

El café Gaudí



Te espero en el Café Gaudí. Rakija, dejamos las maletas y luego fiesta. Ganas de verte.
Y cuando baja del avión y lee el mensaje piensa en el tiempo que hace desde la última vez que pisó Belgrado, en si esos casi 5 años habrán servido para mejorar las cosas. Luego piensa en ella, para un taxi y le indica como puede al conductor la manera de llegar hasta el café. Hace calor en Belgrado pero todo sigue pareciéndole bastante gris. Luego aparece el Danubio frente a sus ojos, y se da cuenta de que difícilmente podrá sacudirse de dentro esa región sin fortuna del mundo.

A medida que se internan por las calles del centro se olvida de la ciudad y se concentra en ella. ¿Cómo estará?

Se habían conocido en Pristina una primavera extraña. La ciudad dormitaba después de los últimos enfrentamientos de 2004. Hacían falta dos o tres vasos de Rakija para que la gente confiará en ti, te hablara de sus miserias, de sus espranzas. Había tanto por hacer y tanta incomprensión. Ella formaba parte de un programa de voluntariado que trabajaba con niños y él estaba como parte de un plan empresarial de recuperación de redes eléctricas. La conexión fue inmediata.

Se veían por las tardes y se tiraban horas hablando sobre la situación del país, el nacionalismo serbio, el nacionalismo kosovar, lo que debía o no debía hacerse en La Haya con Milosevic. Luego salían a algún pub y bailaban canciones balcánicas. Al final del verano, antes de volver, decidieron viajar por la zona. Conocieron las islas croatas, se enamoraron de la nostalgia de Sarajevo y les apasionó la complejidad de Belgrado. Una noche salieron a la Akademia, el local que había sido uno de los más punteros de Europa durante los ochenta y que como casi todo, guardaba un aire decadente y triste que conmovía. Entre cerveza y cerveza él la susurró cuánto la quería y ella le abrazó pero no dijo nada y siguieron bailando hasta el amanecer.

Ahora van a volver a verse y es extraño. Paga al taxista y carga la mochila. Ella está sentada al fondo del bar, con el pelo más corto y la mirada más alegre. Se abrazan en el Café Gaudí, se ponen al día de sus vidas, se escapan de fiesta y acaban bailando canciones balcánicas hasta el amanecer. Los cinco días pasan volando. En el aeropuerto, justo antes de la despedida, él sabe que no hará falta susurrarla cuánto la quiere.
Los dos lo saben.
Siempre se querrán en Belgrado.

martes, 14 de julio de 2009

La chica de Varsovia



Cuando nos conocimos tú aún no tenías 18. Cargabas una mochila, llevabas trenzas, tenías la boca grande y sonriente, los ojos claros. Querías pasar el verano en París. Querías entrar en la escuela de teatro de Varsovia el otoño siguiente y perfeccionar tu francés. Luego no te aceptaron en la escuela y empezaste filología en la universidad y comenzaste a escribirme emails en español. Casi no cometías fallos.

Luego yo también me fui a vivir al Este y tan cerca la una de la otra cogí un tren con literas, compartí cigarro y ronquidos con un iraquí repatriado y escribí el principio de un relato que nunca terminé. Era junio y hacía calor, acababan de romperme el corazón y yo atravesaba en la noche una frontera ya sin sellos, una Polonia suave y veraniega. Tú me contaste que te habías enamorado del novio de tu mejor amiga, que había sido un año duro porque al final él también se había enamorado de ti, y tu amiga te había dejado de hablar y a veces te dolía la culpa. Pero eras feliz con aquel chico callado y tímido de origen lituano que apenas hablaba inglés.

Me enseñaste Varsovia en verano. Los pianos tocaban Chopin en los parques, los libros se columpiaban en librerías donde tomarse un café. Comíamos helado y chocolate y me hablabas del guetto, de aquella escultura de un muchacho con botas y casco que había salido a defender quien sabe qué. Me hablabas de la escuela de teatro en la que ya no entrarías y me dejaste dormir en un sofá destartalado en el trigésimo cuarto piso de un bloque de pisos con ascensor y moqueta.

Luego viniste a Madrid un verano que yo trabajaba de noche y te enseñé el desierto de la Puerta del Sol a principios de agosto. De vez en cuando aún me escribías emails. Después crucé el charco y te perdí la pista. Volví a vivir al Este, tan cerca. Pero no nos vimos.

Una tarde de verano estaba buscando las calles solitarias de una Venecia atestada de turistas cuando recibí un mensaje en el móvil. Te casabas, en septiembre, con aquel chico callado y tímido que te hacía feliz. Yo, de la mano de un extraño con acento italiano, acababa de fotografíar un gato acurrucado atento a una presa y tú me mandabas mensajes y firmabas invitaciones de boda.

Prometí enviarte un regalo, pero no lo hice. Luego cambiaste el apellido y el correo, aunque me dijiste que seguías viviendo en aquel trigésimo cuarto piso de un bloque de pisos con ascensor y moqueta. Hoy me has mandado una foto de una niña preciosa con la boca grande y sonriente, los ojos claros. Me cuentas que has terminado el segundo año de tu doctorado, preguntas qué es de mi.

Y a mí, ya ves que tontería, sólo me da por pensar en aquel gato acurrucado atento a una presa.

viernes, 10 de julio de 2009

Dance with somebody



Deja que todas tus preocupaciones se queden en casa. No lo pienses. Nos empeñamos en pensar las cosas pero pensar no soluciona nada. ¿No te parece?

Así que no lo pienses y ven conmigo. Nos ocultaremos de la realidad en un lugar oscuro con luces de colores moviéndose intermitentemente. Yo te miro y no estás y ahora sí estás y no estás otra vez. De repente todo tu movimiento es lento y espasmódico, eres un robot que no piensa, no fluye sangre por tu cuerpo, sólo la música que es electricidad y movimiento. Te atraparon otras vidas posibles, la de la música, la de las letras de las canciones, la de la persona diferente que eres cuando giras tu cuerpo y desplazas tus caderas de izquierda a derecha.

Ríete mientras bailas. Ríete y baila.
Ya lo pensarás mañana.

domingo, 5 de julio de 2009

Siempre nos quedará el Bremen

Y eso se lo dicen mirándose a los ojos dos amantes a punto de la partida. Siempre nos quedará el Bremen, nena, y se ajusta su sombrero de tipo duro cinematográfico, lo habíamos perdidos pero lo recuperamos ayer. Y es entonces, en ese momento en que ella con su mirada asustada de mujer indecisa siente que aquello se acaba, cuando recibe de sus manos un libro:
CAMAROTE 503.
16 HISTORIAS DESDE EL BREMEN.

En ese momento llega el general Renault y el tipo duro, que ve como se le escapa la mujer de la mirada asustada, suelta aquello de:
Se que te gusta el vino, la literatura y las mujeres. El sábado 11 en el Ladrón de Tinta a las 20h habrá un poco de todo. ¿Te apuntas?

y seguro que lo hace, cómo no...porque el sábado 11 los chicos del Bremen (entre los que me incluyo) presentamos criatura literaria, una criatura extraña, con 16 cabezas y 16 corazones y una cueva en común. Porque además los chicos del Bremen celebramos que la literatura es un juego y un encuentro y que el mejor relato escrito es habernos conocido.

Porque puede ser el principio de una gran amistad y no lo sabrás si no vienes...
Te espero.

viernes, 26 de junio de 2009

La princesa de la sonrisa que es abrazo

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

La princesa de la sonrisa que es abrazo sueña con castillos encantados de marmol blanco, con habitaciones soleadas de grandes ventanales a los que asomarse y ver pasar la vida. Sueña con una felicidad con sabor a fresa, que como un chicle se estira y se encoge, y puede masticarse una y otra vez. Sueña con escaparse volando las noches de luna llena, como una bruja buena sobre su escoba, y llegar a tu cama y que le estés esperando. Sentarse junto a tí y desnudarse entera. Y por la mañana, con los primeros rayos de sol, volver a su castillo encantado a masticar el chicle de felicidad con sabor a fresa.
Y tenerte en la parte de atrás de la escoba como polizonte.

La princesa de la sonrisa que es abrazo se despierta asustada una noche sin estrellas. No hay castillos, ni ventanales y la felicidad es un chicle al que se le ha ido el sabor de tanto masticarlo con fuerza. La felicidad no sabe a nada y produce dolor de barriga piensa la princesa y mientras, su sonrisa que es abrazo, se le diluye en la cara. Se le ha colado una pena oscura y fría como los muros brillantes de mármol blanco de su castillo encantado y no sabe cómo sacársela de dentro.

La princesa de la sonrisa que sigue siendo abrazo, a pesar de la tristeza, me hace preguntas sin respuestas y yo no contesto nada. Me quedo muda un instante a su lado, le cojo la mano, le beso el pelo. No te contaré mentiras, le digo, yo tampoco sé si la felicidad sabe a fresa o a clorofila. Tampoco sé si se puede comprar en la tienda de los chinos de la esquina o hay que irse más lejos.

No te contaré mentiras, le digo y salimos a pasear por la ciudad sin escobas ni polizontes.
Juntas.

jueves, 25 de junio de 2009

17



No recuerdo mi cara cuando tenía 17. No sé si estaba más o menos guapa, si al reírme no me salían en los ojos las arrugas que me salen ahora, si mis dientes no estaban amarillos, si llevaba la raya a un lado o el pelo largo. Sé que no tenía flequillo pero no recuerdo si me daba por sonreír tanto como ahora, si llevaba ropa oscura, suspiraba cada dos por tres o estaba malhumorada más a menudo. He olvidado los libros que leía y a duras penas reconozco los sueños que perseguía. Ha pasado el tiempo y he perdido la conciencia de los años, de los 17.

Recuerdo sin embargo tu cara. Guapo, tan guapo como sólo los 17 y el primer amor pueden hacer a una persona. La mirada limpia y tímida, las manos torpes, el discurso fácil. Recuerdo haberte odiado durante los 17, haberlo intentado al menos 17 veces para darme por vencida otras 17 veces más. Recuerdo haberte buscado con ansia, haber hablado de tí por las esquinas, bajo la lluvia, bajo la embriagadora adolescencia de fines de semana. Recuerdo haberte mirado a los ojos y haber dicho: no puede ser. Y haber cumplido 18 enganchada al mar en calma de tus ojos profundos.

Ahora me llegan noticias del otro lado del Atlántico y te imagino feliz y enamorado. Y me encanta. Te conozco. Sé cómo eres cuando te enamoras, cómo sonríes, cómo te asusta el futuro y cuanto necesitas planearlo. Pero pienso en los 17. En el momento en que se cruzaron nuestros caminos. En lo que construimos y luego dejamos morir y en lo que volvimos a construir después. Tan bello y limpio como tu mirada a los 17.

Y ha pasado el tiempo y hemos avanzado. Pero a veces siento que no camino en línea recta, que ando dando vueltas. Siento que siempre llueve sobre mí, que llueve, no tengo paraguas y estoy perdida.

Perdida. Exactamente cómo con 17, (aunque ya no naufrague en el mar en calma de tus ojos profundos).
Perdida. Pero la adolescencia ya no me sirve de excusa.

viernes, 19 de junio de 2009

Sueños



Hoy me he quedado dormida. Me he levantado 27 minutos después de que sonara el despertador. No he encendido la radio, no he escuchado últimas horas, atentados, muertos, más crisis en Irán. Me he metido en la ducha corriendo pero lenta (con esa sensación de estrés que te produce el saber que llegarás tarde y esa calma que te entra cuando sabes que ya llegarás tarde)

He recordado. En el sueño tú aparecías más joven, más gordo y con mucho más pelo. Salías en la televisión y yo buscaba las cintas en una sala enorme (y color granate, como la habitación de los baúles de casa de mi abuela, donde nos disfrazábamos de niños y nos vestíamos con la ropa vieja de mamá). Había una mudanza, y una búsqueda. Y luego mucho después yo te decía que había olvidado mi cumpleaños. El mío propio, y me dormía en tu regazo mientras me acariciabas el pelo.

Al salir de la ducha me he sentado en la cama, pensando en todo eso. Te he visto frente a mí, con el pelo largo, la sonrisa escueta y un poco de barriga. Me he dado cuenta de que aquellos sueños eran ciertos, en parte. Tal vez no dormía, porque es verdad que me olvidé de cumplir años. De repente lo sé, hicimos un pacto y ahora duermo siempre en tu regazo. Me he mudado y ahora comparto piso con Satán y llego tarde al trabajo. Y me da igual.

Luego me han llamado por teléfono y una voz irritada me ha gritado al otro lado. Habían pasado 2 horas y 43 minutos desde que sonó el despertador.

Y al darme la vuelta no estabas.

lunes, 8 de junio de 2009

Me escriben

Me escriben. Me cuentan y yo imagino realidades que no me tocan, que no son mías aunque me pertenezcan de rebote. Yo miro alrededor y le cuento de una ciudad que de tanta ausencia ya sólo le pertenece en parte. Pero yo insisto por si acaso. Por si le entran ganas y se coge la maleta y nos da una alegría.

Le hablo de que Madrid es a veces una ciudad imposible. Que está toda levantada y fea.
Que por suerte a veces también pasan cosas increibles que sorprenden.
Librerías en las que se cuelan palomas a leer a Cortázar.
Personas que al decirles donde vives te preguntan si tu casa es la del balcón con geranios donde a veces suena una máquina de escribir.
Travestis que se fuman el último cigarro de la jornada junto a la puerta de un bar y te preguntan dónde vas tan roja, y te llaman salá.
Hombres con sombreros y camisas horteras que cantan con voz rasgada en el metro y te hacen sonreír cada mañana.

Yo le escribo pero no basta. Desde la pantalla sus palabran chisporrotean y se salen del ordenador para revolotear nerviosas por la oficina. Las pienso y las repienso y me decido a poneroslas aquí, (sin pedir permiso). Para que ustedes también las repiensen...

Estuve también en Golán, en la frontera con el territorio ocupado por Israel, un gran contraste entre los campos cultivados en territorio ocupado, verdes, perfectos, y la semi-pobreza siria, los medios de seguridad también como el sol y la luna, y los cascos azules de la ONU en el medio, yendo y viniendo entre los dos puestos fronterizos, mientras se ve al fondo la bandera de Israel. Ahí en Golán hay una ciudad que se llama Quneitra, que ocuparon los israelíes inicialemente en 1967, abandonaron años después ante la presión internacional, no sin antes acribillarla a balazos y bombardear sus edificios. Lo que queda es una especie de parque temático de la destrucción, un lugar extrañísimo y tan real que parece de ficción.

Me escriben.
Y entonces Madrid no basta.

viernes, 5 de junio de 2009

viernes erótico



Es un viernes erótico y anuncian que llegarán tormentas. Te quitas la ropa, descalzas tus pies. Sigues sudando. Entras, piel oscura. Buscas, vaso frío. Miras, pelo entre los dedos. Disparas, boca de deseo. ¿Sabes lo que buscas? ¿Temes lo que encuentras?

Sabes bien que no: lo tienes claro. Un cuarto oscuro en el que sentir una piel ajena en la tuya y una fuerza extraña como la de dos imanes que cambian de cara, que se atraen y se repelen aunque siguen siendo la misma cosa. Que tienen que unirse a pesar de los polos. Por los polos.
De pronto
t o d o v a l e n t o
y cada movimiento se te pega a las esquinas de la cama y nos ponemos serios. Nos ponemos intensos y nos miramos con los ojos cerrados.

Es un viernes erótico y afuera nace un verano. Y no hablamos de amor que ya pasó la primavera. Ahora lo que importa es la carne. Morder. Saciar. Reventar con violencia.

Después de todo sólo somos animales y esto, una jungla sin árboles bajo los que guarecerse.

jueves, 28 de mayo de 2009

El librero, Cortázar y la paloma.

Hasta aquel día el librero no soportaba a las palomas, ni le gustaban especialmente los libros de Cortázar. Hasta aquel día, el día que se le coló en la tienda una paloma. Fue una mañana de bochorno, y vino atraída por el aire fresco de su aparato de aire acondicionado. Esa fue la primera coincidencia.

Había estado toda la semana esperando a que vinieran a arreglarlo y justo el día anterior habían llamado a última hora para decir que se pasarían a primera si no había ningún problema. No, no lo había y llegaron, justo después de abrir, dos hombres con una escalera y una caja de herramientas. Espero que no tarden mucho, pero tardaron. Lo llenaron todo de polvo y para cuando el librero consiguió adecentarlo ya era casi mediodía. No había vendido ningún libro todavía, aunque al menos ya no hacía calor dentro de la tienda.

Entonces se coló la paloma. No la vió entrar por la puerta pero escuchó su aleteo cerca del almacen. Se asomó y la vio allí, en el pasillo de guías de viajes, justo delante de una portada con la plaza de San Marcos de Venecia. Te gusta, ¿verdad?, pues ¿qué te parece si sales de mi tienda y te vas volando hasta el Gran Canal?

Pero solo consiguió asustarla y que se marchara hasta la sección de biografías. Bueno, pensó el librero contemplando la sonrisa forzada de José Mari en la portada, si has de hacerlo en algún sitio mejor ahí.

Justo entonces entró ella. Miraba ensmismada las mesas de exposición, sin buscar nada concreto, revoloteando entre los libros de bolsillo y las novedades editoriales. Cogió una edición barata de McCarthy, la dejó. Hojeó un libro de relatos de Scott Fitzgerald, se paró a leer la primera página, sonrió y lo guardó bajó el brazo. Siguió paseando entre los pasillos, parándose a cada rato.

Mientras tanto la paloma había desaparecido de la sección de las biografías y el librero había decidido no confíar en su (mala) suerte y esperar, a pesar de todo, que la paloma no espantara a la única compradora del día. Se dirigió hasta el mostrador y empezó a etiquetar los últimos libros que le habían traído y que entre el lío del aire acondicionado y el de la paloma no había organizado.

Cuando la chica vio que lo que habían llegado eran los "Papeles inesperados "de Cortázar sonrió emocionada. ¿Ya está en venta? Me lo llevo. Y la sonrisa que se le pintó en la cara se le antojó al librero la más bella que había visto nunca.
La observó alejarse con el libro entre las manos y suspiró.

En ese momento apareció en su campo de visión la maldita paloma. ¿Por qué tú te quedas y ella se va? No me digas que no es injusto. Y mientras hablaba mentalmente con la paloma le propuso un trato: traémela de vuelta y te dejaré que vivas entre mis libros.

A punto estaba de empezar a cerrar la tienda cuando oyó a su espalda el sonido de las puertas corredizas abriéndose. Verás, no sé como decirte esto- y de nuevo la sonrisa más bella del mundo- pero hay una cagada de paloma en la parte de atrás del libro. ¿Me lo cambiarías por otro?

Y la paloma lectora se quedó en la librería para siempre.

martes, 26 de mayo de 2009

las ciudades que no me aman



Podría ser el título de la cuarta parte de la trilogía Millenium, pero es la historia de mi vida. Ciudades a las que me entrego en cuerpo y en bicicleta y que a cambio me desairan continuamente, a sabiendas que volveré a ellas, como una droga, como un antiguo amor, como una piedra que ponemos siempre en nuestro camino para tropezar con ella una y otra vez.

Pero yo no aprendo y me empeño. No tiro la toalla y sigo insistiendo aunque una voz dentro de mí me susurra: no te quiere, no te quiere, no lo intentes. Mi último fracaso ciudadano fue exactamente hace una semana. Me pilló con el rostro inquieto, la hormona revolucionada, y acorralada por las horas de mi destiempo (nueva acepción que me acabo de inventar: el no tiempo que tengo últimamente). Me pilló de improviso en una terraza de una ciudad que tal vez me quiera, pero a la que no siempre correspondo.

Y dolió. Dolió el desamor como duele siempre. Y vino el rencor como ocurre a veces. Me sorprendió en mi adoración febril, en esa ciega devoción que yo creía eterna. Me dejó pensativa. Perdida.

Pensé en nosotros. En nuestra relación de años, construida con breves romances pasajeros, con pinceladas llenas de cerveza, con largos paseos bajo los árboles amarillos de tu otoño brillante. Pensé en aquel invierno en que lo dejé todo, agarré mi maleta y me instalé en tu casa, a tus pies, dispuesta a quedarme ahí la vida entera. En lo duro que fue al principio. En lo difícil que me lo pusiste después. En lo triste del abandono y lo triste del reencuentro y lo bello del volver a volver.

Y ahora, otra oportunidad perdida. Otro desengaño. Ciudad malvada que no me ama.

No quiero volver a verte.
He dejado de echarte de menos.
Me he curado a base de resentimiento.


Pero siempre supe que no era verdad. Que volvería.
Otra vez he mirado billetes, he cuadrado fechas.
He pensado ciudad maldita, ciudad talismán:
si no tenemos futuro déjame al menos disfrutar de tu presente.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Revelación

A la sílfide...



No me digas que no. No lo digas porque no es verdad y tú lo sabes. Y si no lo sabes déjame que te lo cuente. Yo estaba ahí observándote de cerca. Pero aunque no hubiera estado lo habría sabido. Soy así, sé las cosas que sé y las que imagino. Las que fueron y las que podrían haber sido.

En tu caso fue y ahí estábamos.
Empezaba un verano de esa manera en que solo los veranos de la juventud empiezan. Con la piel oscura y tersa, los ojos brillantes, la raya pintada, la sonrisa eterna. Empezaba un verano por las sandalias de nuestros pies, los collares de semillas, las mariposas. Empezaba un verano y era de noche, noche de farra y vino. En algún momento el reloj de tu muñeca se paró y embriagada por la posibilidad de un beso, tú te cansaste de esperar y decidiste ir un poco más lejos. Y a dónde llegaste sólo tú sabes.

De repente recordaste lo que habías sido, las sensaciones dormidas y esas ganas de recorrer la ciudad. De pararse en cada esquina mientras el resto de casas esperaba un amanecer tardío. De robarle horas al sueño y beberlas con hielo, bien fresquitas, al abrigo de un abrazo. De repente supiste que tus manos no eran torpes, que tu corazón no estaba muerto, que tus ojos no se habían olvidado de mirar.

Fue una revelación, no lo niegues.
No me digas que no.
No lo digas porque no es verdad y tú lo sabes.
Lo sabes.

Y por eso sonríes...

lunes, 18 de mayo de 2009

Hagamos un trato, Mario



Hagamos un trato, Mario.
Tú te vas, sí, te vas.
Pero nosotros nos quedamos con tu poesía.

martes, 12 de mayo de 2009

los pingüinos

Los pingüinos salen por las esquinas de esta oficina enmoquetada y gris. Llegó el verano y sonríen. Saben que a partir de ahora en la oficina hará más frío que nunca. Las mujeres se quejarán y los hombres gruñirán diciendo que sigue haciendo demasiado calor, que nos pongamos una chaqueta. Lo que nos pondremos es malísimas y entonces llegarán las bajas y la oficina trabajará a medio gas, pero no hay jefes lo suficientemente competentes para ver eso.

Los pingüinos salen por las esquinas de la oficina y se sorprenden al verme otra vez aquí. ¿Pero tú no te ibas? Y yo les digo que sí, que me iba, pero que entonces llegó la crisis y la gente comenzó a tirarse de los rascacielos, a rascar el cielo como rascamos el bolsillo, ese cielo que creíamos haber tocado en algún momento, tan boyante como parecía nuestra economía. Ellos me miran con cara de circunstancias, preguntándose si esa crisis de la que hablo afectará también al consumo de aire acondicionado, poniendo en peligro así su existencia, pingüinos oficinistas en la ciudad de Madrid.

Yo les tranquilizo con una sonrisa y les digo que no. Que recortarán sueldos, recortarán presupuestos, no renovarán el material, nos harán escribir en una hojita los números de teléfono a los que llamamos y nos preguntarán en cada momento por qué...

Pero el aire acondicionado seguirá a mil por hora, como una guerra de género, una guerra general en la que las mujeres pasan frío y los hombres, no será la menopausia, no paran de pasar calor.

Ellos ríen la ocurrencia, tranquilos al saberse a salvo. Yo les pregunto qué hacen aquí y no en Groelandia y ellos me llaman ignorante. Marcella, los pingüinos solo están en el polo sur.



Yo me quedo con la copla aunque me da igual. En este momento lo mismo sería Groenlandia que la Antártida o que esta oficina gris.

martes, 5 de mayo de 2009

Plantón


En días como este se me escapan los reproches y solo me apetece decirte que me he plantado.
Que he dejado pasar los trenes mientras te esperaba.
Que al ver que no llegabas he recorrido uno a uno todos los bares de esta ciudad.
Que te he buscado en el fondo de cada botellín de cerveza vacío y solo he visto mi imagen borrosa llamándote a gritos.
Que he preguntado, que he implorado, que he seguido a otros que me dijeron que sí. Que me dijeron que aquí.

Pero "aquí" tampoco estabas.

Y al volver a la estación me han dicho que no tuve bastante paciencia.
Que no supe esperar.
Que llegaste y no me encontraste pero que regresarás seguro.
Y es lo que toca otra vez. Esperar.

Yo me siento de nuevo en el banco de siempre y contemplo las vías. Y me obligo a sonreír pensando que estás a punto de volver a por mí.
Me lo dicen todos.
Ya llegará. Todo llegará.

Pero pasa el tiempo y no es verdad.
No llegas y me canso.

martes, 28 de abril de 2009

estaciones de ida y vuelta

Apunto en el cuaderno: 15:30 en Bruxelles Midi.
Y sonrío.



No sé si con el pelo corto o con el pelo largo, pero seguro que sigue dándole vueltas a sus rizos indecisos y cuando me vea pronunciará mi nombre con esa musicalidad que solo los italianos saben darle. Entonces recordaremos otras estaciones y otros encuentros y contaremos los años que hace que nos conocemos, los meses que han pasado desde la última vez.

¿Y qué haces en una ciudad de lluvia? preguntaré con cautela y Elda me dirá que ser feliz que no es poco y me llevará a casa. Allí esperará Christian y cuando le vea y escuche su acento bávaro retrocederé a mi ciudad del Este, a aquellas madrugadas en su casa, a esa paella que hicimos una vez, a las confesiones frente a una taza de café, y al beso aquel de la noche aquella que acabamos celebrando todos.

Y serán cuatro días pero recuperaremos el tiempo perdido. Mezclaremos nuestros idiomas hasta crear uno propio en el que sólo nosotros sepamos entendernos. Beberemos cerveza, comeremos chocolate, nos haremos fotos junto al Mannenken Pis y cantaremos aquello de Sie haben uns ein Denkmal gebaut...

Dejaremos que pasen las horas hablando de lo que fuimos, de cómo llegamos hasta ahí y de cuanto nos queda aún por caminar. Y volveremos a Bruxelles Midi, a recordar otras estaciones y otras despedidas.

Guardaremos nuestra amistad de ida y vuelta en la maleta y nos despediremos con un abrazo.

viernes, 24 de abril de 2009

Viernes en amor y compañía

Cada viernes llamaba puntualmente a las 9 de la noche. Ella le hacía pasar y le servía una copa de vino mientras terminaba de maquillarse.

- ¿Cómo me ves?
- Muy guapa, ¿nos vamos ya?

Y se marchaban cogidos de la mano. A veces se iban de cena con las amigas de ella, otros viernes quedaban con la gente del trabajo. Más adelante incluso visitaron a sus padres. Pasada la media noche él la acompañaba a casa, se tomaba una última copa de vino al tiempo que ella se desmaquillaba y cuando terminaban de arreglar las cuentas pendientes se marchaba. Y así semana a semana, siempre la misma rutina.

Una mañana en la oficina ella se dio cuenta de que sus días giraban en torno a su amor de los viernes. Que no importaba que los lunes fueran largos, ni los martes grises y aburridos. Que mientras la esperanza de un viernes en amor y compañía inundara el resto de la semana, las cosas irían bien.

Su amiga Marta, la única que lo sabía le preguntó un domingo de lluvia:
- Pero ¿le quieres?
Ella la miró como si no entendiera la pregunta.
- Los viernes Marta, los viernes es cuando le quiero.

Y así pasaron los meses. Hasta que un día él le contó que había encontrado un trabajo que nada tenía que ver con aquello y que se marchaba a Barcelona.
- ¿Te pagan bien?
- Sí, me pagan bien.

Se marchó y los viernes dejaron de ser en amor y compañía. Empezaron a pesar los lunes largos y los martes grises y aburridos y los viernes pasaron a ser el peor día de la semana.

Un mes después recibió una llamada de Barcelona.
- Quiero un nuevo acuerdo- escuchó al otro lado de la línea, con la voz aspera de los viernes.
- ¿Qué tipo de acuerdo?
- Cada viernes paga uno el puente aéreo

(Y así fue hasta que pusieron el AVE Madrid - Barcelona y decidieron cambiar de medio de transporte. Pero eso ya es otra historia...)



Es viernes. Disfrutadlo mucho...

lunes, 20 de abril de 2009

La isla


Si un día desaparezco sin decir nada búscame en la isla. Estaré sentada junto a las rocas viendo subir mareas y pasar veranos. Llevaré un sombrero de paja de ala ancha con un pañuelo azul para desafíar al viento y que no me lo robe. Tendré la piel oscurecida por el sol y la mirada limpia del mar virgen.

Si un día desaparezco sin decir nada ten por seguro que estaré en la isla. Nadie me convencerá entonces de Madrid, ni del trabajo, ni de la civilización y la disciplina. Ni siquiera hablándome de los amigos y las cañas, del ajetreo y la mezcla, de las mil y una posibilidades de ocio urbano. Si lo haces, si tratas de convencerme, te responderé cortando un tomate de verdad, recogido con mis propias manos, y echándolo a una ensalada sin antibióticos. Te responderé leyendo las mil páginas escritas en mis mil horas diarias de tiempo libre. Te hablaré de los cielos con estrellas, del agua transparente, de la felicidad.

Si un día desaparezco sin decir nada, recuerda que estaré en la isla.
Búscame si quieres.
Te estaré esperando.



lunes, 13 de abril de 2009

Se tocan

Se tocan. Se besan. Se cogen de la mano y ya no les importan las miradas, ni los cuchicheos. A nadie ya les parece extraño que desaparezcan de repente en alguna esquina, ni verlos abrazados, ni las miradas cómplices. A nadie le sorprende ya que dejaran de ser amigos para marcharse juntos más lejos.


A nosotras tampoco y porque las cosas no son tan diferentes a como eran antes nos prestamos a un viaje, a unas cartas en la mesa de plástico de un camping o a unas sidras mal escanciadas en alguna playa mojada del Cantábrico. Nos movemos con ellos y los Blues Brother y casi sin querer se nos acaba el tiempo y las vacaciones.

Apiñados en el coche, entre maletas, botellas y chubasqueros, se tocan. Se quieren en los atascos de Semana Santa. Ella tararea alguna canción mala que escupe la radio y él dormido recostado contra la ventanilla le hunde la mano en su nuca, le recuerda que sigue ahí. Nosotras les observamos silenciosas desde el asiento de atrás y afuera Castilla extiende su manto de trigo aún verde, de piedras rotas, de castillos sin reyes. El domingo, la vida y el cruce de sus miradas son tan intensos y lentos como el tráfico de la autopista.

Pero qué más da. Ellos se tocan y a nosotras nos dibuja la soledad una sonrisa triste en nuestros rostros cansados y aburridos. Lo importante es volver rezan los carteles y siento que la vida es como una carretera en plena operación retorno.
Se puede tardar más
Se puede tardar menos.
Pero da igual.
Lo importante siempre es llegar a nuestro destino.
(encontrarse)


martes, 7 de abril de 2009

Madrid - Berlín



Frauke se marchó esta mañana. La llevamos en coche hasta el aeropuerto y durante el viaje hablamos poco y soltamos los típicos tópicos que esta vez eran totalmente ciertos. Se nos fue el tiempo volando, cómo es posible, te acuerdas cuando me dijiste que te daban las prácticas, todo lo que faltaba y mira, ya se ha pasado.

Las puertas correderas de la T1 engullen su cabeza rubia de Bella Durmiente y al llegar al trabajo surgen complicaciones y olvido que de nuevo llegamos al fin, como en tantas cosas. Siempre yendo y viniendo. Siempre empezando cosas que sabemos que se acabarán y que dolerán al final, que dolerán sin remedio.

Frauke está a punto de aterrizar en Schönenfeld, con suerte la ciudad del muro la recibirá con un sol alegre de bienvenida y a los 10 minutos, montada en el coche con Uta, sentirá que está en casa, que nunca dejó de estarlo, que es Berlín.

Y Madrid se quedará de repente muy lejos, como algo abstracto y extraño, como una ciudad mágica que sacó de su sombrero de copa un ilusionista. De repente parecerá que no ha pasado el tiempo y que todo lo que fuimos está a años luz de lo que somos. De repente no importará las cosas que dejamos a medias, los lugares de la lista que dejamos de visitar, las noches de fiesta que no tuvimos, las bocas que quisimos besar y no besamos. De repente habremos despertado del sueño y la vida real nos esperará al otro lado.

Pero habrá un lugar escondido en la memoria en el que las esquinas de Madrid se mezclen con las de Berlín, en el que bajando la Gran Vía lleguemos al Kanal, y podamos bebernos juntas una cerveza junto al Spree. Yo volveré a la caída del sol a mi casa de Chueca y Frauke se comprará un kebap de camino a su casa de la Oranien.

Y en nuestra ciudad imaginada, sin límites ni fronteras, no dolerán ni las distancias, ni el tiempo que se marchó volando.

viernes, 3 de abril de 2009

así fuimos...



Hace unos días estuve con Sandra grabando fotos de México (algo que debería haber hecho hace siglos). 10 meses, con sus días y sobre todo sus noches, guardados y clasificados en 49 carpetas. Y va ya para cuatro años que agarramos la valija y cruzamos el océano en busca del paraíso. Lo que allí encontramos fue una casa roja con jardín, una guitarra que inpiraba canciones en la menor, un percusionista con alas de hada madrina y una ciudad con palmeras. No sé si fue el paraíso pero se le pareció mucho.

Hace unos días, cuando miramos las fotos y no nos reconocimos en ellas, nos vimos más feas de lo que nos recordábamos y aquel México loco más feliz de lo que seguramente fue.

Hacía tiempo que no suspiraba, que no buceaba en busca de la María, pelo largo, piel oscura, 23. Fue tanto el esfuerzo que hizo el olvido, tanta herida la que produjo la distancia, que no me permití ni una licencia.

Pero así fuimos, y al contrario de lo que dice la canción, algo nos han enseñado los años...


martes, 31 de marzo de 2009

y griega



La y griega que une tu nombre con el mío, que lo compacta en una sola unidad es como los dedos que entrelazo con los tuyos y convierten tu cuerpo en una continuación del mío.

La y griega que une nuestros nombres en las conversaciones de los amigos, en las invitaciones, es como el beso con el que callas mi boca y conviertes el silencio en el mejor de los paraisos.

Somos y griega, uno al lado del otro, sin importar el orden:
quien va antes, quien va después o si vamos solos.

Cada letra de tu nombre, cada letra del mío no es tan importante como esa y griega por la que me deslizo hasta tu cama como por un tobogán. No es tan necesaria como esa y griega a la que te agarras como a una cuerda para trepar hasta mi cuerpo.

Si se rompe la y griega, si se resquebraja, la coma entre tu nombre y el mío será como el muro que separa nuestros cuerpos. La coma despegará nuestros dedos, se interpondrá entre nuestros labios.

Será entonces el silencio el peor de los infiernos.

jueves, 26 de marzo de 2009

Postales

Un día, de repente, le llegó una postal llena de chiringuitos de playa. Te invito a una copa. Y ella la colgó en la pared de su cuarto, cerca de la cama, y bebió a su salud.

Al mes llegó otra llena de anuncios de neón, aplausos y carteles publicitarios. Te invito al cine. Se preparó unas palomitas y se quedó despierta hasta las tantas mirando el televisor.

Poco tiempo después recibió otra postal cargada de coches y luces, repleta de velocidad. Te invito a volar. Y ella sintió el vértigo del tráfico, de los motores rugiendo en su habitación de paredes blancas.

Empezaba a amenazarnos el invierno cuando llegó otra, grande y brillante, con una ciudad amarilla y seca. Te invito a que te desnudes. Y ella se quitó su ropa y dejó que el sol abrasador del desierto quemara su piel rosada.

Pasado año nuevo vino una carta con anuncios de hoteles de lujo en la ciudad más cara del mundo. Te invito a soñar. Y ella probó todos los colchones, se miró en todos los espejos, recorrió sus pasillos llenos de sombras y acabó desayunando en la cama.

Para su cumpleaños recibió un paquete con fotos repletas de sonrisas y niños. Te invito a la risa. Y ella acabó con agujetas de tanta carcajada y rejuveneció dos siglos y medio.

Cuando se cumplió un año llegó guardado en un sobre gris un billete de avión. Te invito a que me sigas.

Cogió la maleta y se marchó.


martes, 24 de marzo de 2009

A machetazos




Tenías razón.

A los dinosaurios, como a los fantasmas, hay que matarlos a machetarlos.

No existen, ¿recuerdas?

No existen. Hace tiempo que se extinguieron.

Así que no les tengas miedo.

Acaba con ellos.



miércoles, 18 de marzo de 2009

Mi sombra y yo

Parece imposible, pero hasta hace nada no tenía ni idea de lo poco que conocía a mi sombra, compañera fiel con la que nunca hablaba, a la que nunca preguntaba, a la que solo miraba buscándome en ella sin darme cuenta de que tenía vida propia, de que se escapaba mientras dormía, de que huía a vivir su propia vida con otras sombras extraviadas, pendiente siempre del reloj, atenta siempre a todos mis despertares.

Hace algunas semanas sin embargo, cuando me levanté para ir a trabajar, no había vuelto. No me di cuenta al principio, la verdad, sólo cuando entré en la ducha y la lámpara que pende justo encima de mi cabeza no proyectó dibujo alguno a mis pies me sentí un poco acongojada.

La busqué debajo de la cama por si acaso, dentro del armario, entre los chocolates de la despensa y los libros de la estantería. Nada. Sabiéndola perdida y consciente de que ya iba a llegar tarde al trabajo me senté en el balcón a esperar. Lo que vino después fue una sensación inquietante y desgarradora. Algo que no se parecía a nada: de repente estaba sola, terriblemente sola, verdaderamente sola, por primera vez. Sin mi sombra proyectándose entre los barrotes. ¿Y si no vuelve?

En realidad quién necesita una sombra, para qué sirve. Pero no me tranquilizó nada esa reflexión. Todo el mundo sabe que el mejor lugar al que mirarse y descubrir camino a la oficina si los rizos han amanecido escurridos ha sido, y será siempre, la sombra propia. También el mejor espejo al que asomarse las noches de desvelada, porque no muestra nunca las ojeras, ni las patas de gallo, ni la tristeza en la mirada.

Cigarro tras cigarro fue pasando la mañana en mi balcón. Pasó el día pero no la congoja. A quién acudir en estos casos. A quién contarle que se me ha perdido la sombra, que no ha vuelto a casa, que lo mismo le ha pasado algo...

Cuando la ví aparecer por la calle me sentí aliviada. Primero. Luego enfadada. Después preocupada (tenía un aspecto lamentable). Finalmente feliz, a pesar de. Sombra no estás bien. Y le curé una a una sus heridas, mientras me contaba su desgracias de sombra maltratada. No tenía a quien acudir, y no ha sonado a reproche, pero yo lo he sentido así.

Desde entonces hablo a menudo con ella y nos va bien. La convencí para que terminara con esa sombra nocturna y violenta con la que solía salir, pero ella, reincidente, continuó pegada a él una y otra vez. Así que me puse drástica. Cambié mi trabajo por uno nocturno y ahora duermo por las mañanas. Ella ya no puede verle nunca y va sanando poco a poco su amor propio ultrajado. A veces, cuando la veo atusarme los rizos bajo las farolas camino del trabajo, me parece incluso que vuelve a ser feliz. Y me gusta.

Algunos dicen que he salvado a mi sombra, que qué buena soy. Pero nadie entiende lo que yo sentí en aquel balcón mientras la esperaba. Nadie entiende que el verdadero motivo de que tengamos sombra es poder sentirnos acompañados siempre.
Es recordar en todo momento quienes somos.

Cuento a la vista

Cuento a la vista
La parte niña del vestido a rayas