jueves, 24 de septiembre de 2009

Nunca pasa nada



Nunca pasa nada, me dijiste una tarde de septiembre extraño. Hacia un año que te habías marchado dejándome una lata de cerveza vacía en la mano, un agujero dentro, un final sin principio. Lo decías como si aquella verdad absoluta fuera buena, como si el hecho de que las cosas no cambiaran, de que todo siguiera tal cual, demostraba que aún se podía tener esperanza.

Nunca pasa nada, te dije yo una tarde de septiembre absurdo. Hacía poco que había aprendido a olvidarte sin rencor, a no dejarme rasgar por tu recuerdo amargo. En mi voz aquellas palabras sonaban a lamento, como si aquella verdad irrefutable fuera una herida que no sangraba pero que seguía intacta para recordarnos el dolor.

Nunca pasaba nada y si había pasado no había conseguido cambiar las cosas, porque ahí estábamos otra vez. Igual que siempre. Sin nada nuevo que contar, sin que nuestra felicidad o nuestra tristeza se hubiera movido un ápice de sus posiciones. La vida era un mar en calma que te gustaba contemplar.

Pero idiota de mí, yo soñaba con tempestades o maremotos.
Cualquier cosa que llenara de oleaje aquellas aguas tranquilas.

5 comentarios:

RGAlmazán dijo...

La montonía es una pérdida de tiempo cruel. ¡Que siempre pase algo!
Un beso.

Salud y República

NáN dijo...

Entre las personas han de pasar las chispas, sí.

Álvaro Dorian Grey dijo...

Y si hay calma, de vez en cuando, hay que propiciar la tempestad....
saludos y salud

Anónimo dijo...

El otoño siempre trae añoranzas, también un poco de sosiego tras una taza de café y una conversación que puede desembocar en una improvisada tempestad.
Un besito.

Microalgo dijo...

Oiga.

Este texto es magnífico.

Y bueno. Hay una maldición china que dice "permitan los dioses que te toque vivir tiempos interesantes". Y uno ya no sabe a qué carta quedarse.

Un besote.

Cuento a la vista

Cuento a la vista
La parte niña del vestido a rayas