lunes, 24 de marzo de 2008

Noches de vino y fado


Se llamaba Teresa y cantaba fados en Lisboa sin ningún itinerario fijo. Aquella noche el destino la llevó hasta una pequeña casa de comidas de Chiado con manteles de cuadros y especialidad en arroz con marisco. Yo tuve la suerte de estar sentada justo en la mesa de al lado y de escucharla muy cerca, cada vez que entre plato y plato se arrancaba a cantar. Junto a ella, sin guitarra portuguesa aquella vez, Joao la acompañaba a la guitarra como tantas otras noche de vino y fado. Con dentadura postiza y canas cubiertas de rubio ceniza, su madre se dejaba llevar de vez en cuando y se atrevía a cantar a dúo con el camarero, feo, bigotudo y pausado. Otra frasca de vino blanco, obrigado, y se cerró la cocina
y nos quedamos unos pocos,
y salió el cocinero (que también cantaba, todo sentimiento, toda fuerza...una bonita voz.)

Ella, que se llamaba Teresa, vendía discos entre los turistas a 15 euros la unidad. Se había dado a la vida bohemia después de que, hace muchos años, volviera de Ginebra con algo de dinero en el bolsillo y se cansara de horarios, de ropa bien y convencionalismos baratos. Sentada junto a ella, yo la escuchaba cantar y, mientras el vino se me subía a la cabeza y Lisboa se rendía a mis pies, (y yo a los suyos), pensaba qué cambiaría de todas mis cosas por una voz como aquella, por poder acompañarla en las noches de vino y fado...

Pensaba en las vidas nocturnas, sin la necesidad de madrugar los lunes, sin la necesidad de un sueldo fijo al mes, con los pequeños placeres que da la noche, cuando no se necesita mucho más para ser feliz...
la compañía de Joao a la guitarra,
un buen vino,
el fado...

pero yo, un lunes más, en un tren de cercanías...

4 comentarios:

AROA dijo...

ay..
hubo un tiempo en que yo escuchaba fados, en que empecé a escribir un cuento largo sobre la revolución de los claveles para ganarme a uno... (te acuerdas cuando te conté este secreto en La Divina)
que me leí sin descanso, como lo requiere, el Libro del Desasosiego...

tengo que ir a Lisboa... seguro que alguna letra tambíén me sé cual ranchera...

Lisboa, Lisboa... que hoy para mí vale más por el mito que por el deseo...

y por el vino que derrame allí en el futuro

María dijo...

sí...recuerdo bien aquella tarde...nos emborrachamos a coronas, tú, el church y yo...y conocimos algunos secretos, y se me escaparon besos por doquier en ese México que se me agotaba, y quizá prometimos irnos juntas a Lisboa la siguiente vez...(siento no haber esperado...)
pero jaar...que circular y mágico es todo...recuerdas que cuando nos fuimos a Córdoba yo te propuse irnos a Lisboa...

tampoco nos fue mal con el moscatel...

siempre que corra vino se me escaparán sonrisas
jiji(y besos)
contigo

Anab dijo...

Puede que a mi por la cercanía Portugal me resulta menos romántico. Es lo que tiene vivir a 6 Kilómetros de la frontera (pero ¿todavía existe frontera?). Al estar todo el día juntos, ellos se españolizan, y nosotros (Dios nos perdone) nos portuguesizamos (¡chúpate esa, diccionario!), menos de lo que deberíamos, pero en ello estamos.
Partiendo de esta relación cotidiana que se cuela en las teles, radios, y vivencias en general, y que priva del halo de romanticismo mencionado, no se puede negar que Lisboa y sus siete colinas, emanan encanto por los cuatro costados.
Besos y a tomar un Matheus, con un bacalao dorado, o mejor un plato de cerdo alentejano.
Bonita entrada, seguro que Teresa estará contenta si sabe que la recuerdas, como a ella le gusta, cantando fados.
Besos

Manuel Ortiz dijo...

Creo que no soy el único que tiene una cuenta pendiente con Lisboa, y con Portugal. Tal vez los españoles estemos o contemplándonos el ombligo y tan encantados de habernos conocido, o mirando más bien hacia el lado de Francia. Y Portugal, mientras tanto, sigue ahí, quizá algo adormilada, pero siempre tan discreta que en cierto modo da cierta envidia. Cada vez me gustan más los países donde no pasa nada interesante. Donde no pasa nada, quiero decir, que salga en la primera página de The New York Times.

Un saludo.

Cuento a la vista

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La parte niña del vestido a rayas