martes, 18 de noviembre de 2008

Llovía en Venecia


Llovía en Venecia y ningún turista se sentaba en las terrazas de la plaza San Marcos. Tú cruzabas corriendo con los pantalones arremangados hasta las rodillas cuando te encontraste conmigo. ¿Qué haces aquí? Hay que aprovechar a ver esta plaza invadida cuando la lluvia nos da una tregua. Y tenías razón, era genial caminar sin palomas, sin flashes de fotos, sin americanos de acento pastoso. Pero aún así yo sabía que aquello era una excusa, no lo nieges, me estabas buscando.

Yo ni siquiera sabía que habías vuelto pero ahí estabas, algo más delgado y más calvo pero con la misma boca de deseo que tanto me gustaba. Esa boca. Era mi perdición y tú lo sabías mientras comías los cacahuetes que nos habían puesto al pedir un Spritz. Cuánto he echado de menos esta bebida. Y yo esa boca, pero no dije nada. Hacía tiempo que me había propuesto callarme las cosas, cortar mis impulsos. Al menos contigo.

Los dos sabíamos que acabaríamos desnudos en alguna cama pero disimulábamos hablando de otras cosas. Te interesaste por la carpeta que llevaba y yo te mostré algunos de mis últimos dibujos. No te dije sin embargo que planeaba abandonar Venecia, que me había cansado de sus callejuelas estrechas, que ya no me inspiraban los canales, ni la noche veneciana, tan oscura y vacía. Quería volver a casa pero no lo había hecho antes porque temía que de hacerlo, nunca más volviéramos a vernos. Nos perdiéramos la pista.

Llovía en Venecia y la ciudad de agua parecía a punto de hundirse. Te habías quedado dormido y yo te observaba con mi carboncillo entre los dedos. Atrapado ahí, en aquellos trazos ansiosos, podría guardar toda tu poesía, nuestra tragicomedia, y llevarte siempre conmigo sin que me hicieras daño. O eso quería creer.

Cuando dejó de llover te acompañé a que cogieras el tren. No hablamos de volver a vernos pronto, ni de intentarlo de nuevo, solo nos despedimos sin dejar de mirarnos a los ojos, sin decir nada. Pero yo ya sabía.

No tendría valor suficiente para irme.
Estábamos perdidos.

16 comentarios:

RGAlmazán dijo...

Guapo, bello y amoroso relato.

Un beso

Salud y República

Álvaro Dorian Grey dijo...

Que preciosidad. Ver la Plaza San Marcos sin güiris (nosotros también somos en este caso) con calcetines negro y sandalias...
Me ha encantado el relato...
Saludos y salud

Avan dijo...

Mi aplauso también

aroa dijo...

yo una vez lloví sobre Venecia... ¡puaj! me cargué la ciudad

debería estar prohibida la entrada en esa ciudad a gente que no va a salir junta de ella

besos flower
ya tengo papelitooo!!! es una mujer... jiji

María a rayas dijo...

Jar, trabalenguas el de tu comentario...tu lloviste en Venecia y por eso la ciudad se hundió? Prohibiste la entrada y por eso se quedó vacía? qué lío!!!

mira que todo el mundo dice que Venecia es romántica pero a mí esa decadencia, la oscuridad, el rumor del agua me parece que incita más a amores contrariados... (y ya si llueve ni te cuento...)

Alvaro, sería un milagro encontrar Venecia sin turistas, pero entonces nosotros (turistas como bien dices) no podríamos verlo...

Rafa, Avan, plas plas para vosotros también...

y gracias

Carlos Felipe dijo...

Fantástico relato... me he tropezado casi sin querer, por azar, con tu blog y creo que te tendré que poner en la lista de RECOMENDACIONES DE LA CASA... Sí señor, un relato corto, intenso y bello... sobre todo bello
Enhorabuena.

Anita dijo...

Un encuentro como quien dice, "sin querer queriendo"...

...y al final poco valor para decir adios.

Muakks bajo el paraguas.

ANABEL dijo...

Como siempre, un relato brillante Marcella, eres una fiera.

Señor-ina dijo...

ayysss estos amores que nos pierden...

María a rayas dijo...

Carlos Felipe, bienvenido al vestido a rayas...me alegro del encuentro casual (y precisamente con este cuento de encuentros!!!;)le echaré un ojo a tu cajón sin fondo...

Anita...qué difícil es decir adios a veces eh? A mi lo que me sorprende es cuando sabemos que nos estamos equivocando y aún así...insistimos...

Señor_ina, los amores nos pierden pero creo que lo que más duele es que se pierdan ellos así, sin más...

Anabel, gracias ;)

besos a todos

Joseba M. dijo...

¡Qué tendrá la lluvia cerca del agua!
Yo creo que nunca se debería dejar escapar una boca. Sobre todo cuando es posible no dejar escapar una boca...
Y los puentes...
Hermoso, mi rayada amiga.

ETDN dijo...

mmmmm, cómo me gustan estas historias tuyas de amantes siempre despidiéndose, tristes y melancólicas pero auténticas, en segunda persona, reflejando el contraste entre lo que se piensa y lo que se dice, lo que se hace...

Ainss...y yo que no conozco Venecia...ya me hacéis un lío, ¿tengo que ir a enamorarme o a despedirme? ;))

besote, pelirroja gafapasta a rayas

touguanda dijo...

La recomendación de un fan tuyo de tu blog ha sido un descubrimiento, ahora me he hecho adicta a tus relatos y no hay semana que no los lea. Gracias por estos relatos de amor, desencuentros y pasiones Marcela.

María a rayas dijo...

Pues sí, yo también creo que nunca se debería dejar pasar una boca (sobre todo una boca de deseo) pero a veces no queda otra no?, Joseba, qué alegría verte asomarte por aquí...un beso!!

Querida ETDN...a Venecia hay que ir a enamorarse yo creo, porque despedirse es algo muy feo. Pero de todas formas si hay que despedirse de todas maneras...¿pues que mejor que hacerlo en esta ciudad de nostalgia infinita?

touguanda...buena adicción el vestido a rayas(modestia aparte!!!jijiji)Bienvenida!!

besos a todos

Maine dijo...

Vaya, qué agradable descubrimiento :)
Me ha gustado mucho esa Venecia a punto de hundirse, igual que sus visitantes.

María a rayas dijo...

Maine, bienvenida al vestido a rayas...!!! Esta Venecia de encuentros y desencuentros podría ser en realidad cualquier ciudad...pero con Venecia todo parece más a punto de hundirse, no?...

besos a rayas

Cuento a la vista

Cuento a la vista
La parte niña del vestido a rayas