martes, 19 de octubre de 2010

pasos de gigante



Llovía a mares y yo llevaba una maleta que pesaba 30 kilos. No sé cómo llegue hasta ahí, pero ahí estaba. Recogí mi llave y arrastré como pude aquel mamotreto hasta la residencia. Habitación 604a: sexto piso. Sin ascensor. Alguien me ayudó a subir la maleta y entonces comenzó todo. Luego pasaron muchas cosas y otras no llegaron a pasar nunca aunque deberían haberlo hecho.

Esta vez también llueve pero apenas llevo equipaje. La estación ha cambiado. Es nueva, está increíble. Yo la miró con asombro y cuando llegó al punto de encuentro no puedo parar de reir...¿pero has visto esto? Buscamos al Ampelman con paragüas y suspiramos aliviadas cuando lo vemos. Ahí sigue.

Paseamos de nuevo por aquellas calles y trato de encontrar la María que se perdió por ellas, la que acabó muerta de risa bajo la lluvia muchos amaneceres, la que esperó el tranvía mientras el frío helaba los coches, la que lloró en un cine cuando empezaba un verano, la que se tiñó el pelo de rojo y se compró un vestido. La que construyó una rutina y de paso a si misma. Pero no la encuentro o me he olvidado de ella, porque la ciudad no se me mete dentro, ni me encoge el corazón, ni me hace suspirar.

El calendario sí, y de repente los años son muchos y las cicatrices y las nostalgias se resienten del frío en esa ciudad del Este. Me pido una cerveza y otra y pienso en cuantas cervezas no bebí en aquel lugar. En eso he cambiado, le digo a Micol, ya bebo cerveza. Luego la lluvia ligera nos cala al volver al albergue. No tenemos a nadie en este lugar donde todos estuvimos de paso. Pero tenemos algunos repartidos por el mundo, atados a nuestro pasado y enganchados a nuestro presente a pesar de las ausencias.

Digo, no volveré más y lo pienso de verás. Luego rectifico y digo tal vez, un día, con los niños. Los niños. Qué niños. Rozamos la treintena y llegamos apenas pasados los veinte. Dimos pasos de gigante.

Hablamos, recordamos. Llamamos a nuestra puerta y dos estudiantes de apenas 20 años nos responden sorprendidas. Les contamos. Vivimos aquí y ellas nos invitan a cenar. Sé que lo piensan o si no lo pienso yo. Es su presente y para nosotras solo el pasado.

Pero no vale la pena mirar atrás. La ciudad está radiante.
Nosotras también.

8 comentarios:

Clara dijo...

Vivir una vida intensa conlleva aprender a sobrevivir a sus cambios, y hacerlo de esta forma que nos explicas tan bien: con plena conciencia pero también con energía, elegancia, optimismo y, por supuesto, con un poquito de melancolía por los buenos ratos pasados...

Beso graaaaaande!

María a rayas dijo...

Clara, no siempre es fácil aceptar los cambios, aunque a veces sean para bien. EStamos tan anclados...pero es verdad que hay que aprender a sobrevivir a ellos y hacerlo con optimismo es la mejor manera...
te mando un beso grande a ti también...

Aroa dijo...

Oooh, a mí se me está empezando a encoger el estómago... No son los cambios. Es... aquí estaba yo y ahora no queda nadie de entonces. Verás la que se me lía cuando vaya a mi minipuebli alemán, del que no salí en todo el año (je, como de Córdoba).

The Wise Man dijo...

Yo no estoy de acuerdo con ninguna! ^^
Los cambios no hay que sobrevivirlos ni deben encogerte el estómago, los cambios son los que hacen la vida interesante, porque... ¡qué aburrimiento una vida sin cambios!

:D

NáN dijo...

los sabios estamos por vivir el cambio, como se vive el viaje y no la llegada.

gemotilia dijo...

Totalmente de acuerdo con The wise man, los cambios son buenos, el estancamiento hace que no crezcas......pero el miedo a lo desconocido es el que hace que te quedes estático.
Lo que encoge el estómago, por lo menos a mi,es cuando echas la vista atras y te das cuenta del paso del tiempo. .

María a rayas dijo...

jaremorning...los reencuentros tienen eso. Son como la felicidad, que luego te deja triste. Es eso. Estarás muy cerca pequeña...en el mismo país...qué pena que no vayamos a vernos!!

The Wise man...Los cambios son buenos, los cambios son buenos...me lo repetiré como un mantra todos los días ;-)

sabias palabras nano (como siempre son las que salen de ti) es el viaje lo que cuenta..

el paso del tiempo Gema, he ahí el problema...(y la solución en muchos casos...)

un beso muy fuerte

Anónimo dijo...

Anónimo dice:
Tabién la nostalgia se adueña de mis recuerdos: de los paseos, las cervezas, no tan frías como nos gustaban, los helados impresionantes que servían de cena, las calles con sus casas tan distintas a las nuestras y sobre todo verte pasear en bicicleta, con mi corazón encogido, y tú tan radiante y feliz.
Lo bueno del tiempo pasado es que solo se recuerda lo mejor.

Cuento a la vista

Cuento a la vista
La parte niña del vestido a rayas