Marcella se ha levantado esta mañana con el pelo alborotado y los ojos cansados, se ha puesto su vestido a rayas y ha salido a sobrevivir a este lunes fin de mes, de la mejor manera posible. Ha llegado al trabajo, ha encendido el ordenador, ha empezado a merodear y de repente...
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se ha encontrado con que en el blog de Mega, hay un PREMIO brillante weblog para ella...(es decir para mí!!!!).
Así que ni lunes, ni cuesta arriba, ni fin de mes...Marcella se levanta de su butaca en el teatro principal del mundo blog y entre aplausos, recoge el premio llena de sonrisas...
Gracias, muchas gracias Mega, sé que sólo cuento con un minuto, que luego se quejan los productores de TVE de que nos enrollamos mucho, por eso, y porque no tengo palabras para agradecer este maravilloso premio, seré breve. Tal y como dicta la tradición me siento muy feliz de poder seguir concediendo premios y de hacerlo a los siguientes amigos y compañeros:
- A Aroa, que me arrastró de viaje por las pléyades y me abrió el apetito blog...
- A los asturianos de Criticos sin Criterio, por sacar punta a la realidad...
- A Anab, con gemelas incluidas, porque tras su puerta deshecha se encuentran putas y valientes que la historia no olvida...
- A David, que aunque no hace la cama, siempre consigue que me ría mucho, mucho.
- A Magapola y el resto de compañeros de Sindrogámico, por la variedad, por la polémica...
Y Marcella, con su premio entre las manos se baja el escenario y decide, que tras tanta celebración, tras tanta felicidad y tras tanto agradecimiento, ya es hora, (suspiro largoooo), de ponerse a trabajar un poco.
lunes, 31 de marzo de 2008
And the winner is....
miércoles, 26 de marzo de 2008
Érase una vez...
Últimamente, no sé qué me pasa, no tengo ganas de comprar el periódico. Debe ser que me saturé de información durante las elecciones, y ahora, de vuelta de vacaciones y de la ausencia de noticias, no quiero saber nadanada del mundo. Que le den. Sin embargo, luego me entra cargo de conciencia, porque paso por delante del quiosco de Barquillo, y Teresa me ve, yo sé que me ve, y piensa, la pelirroja gafapasta hoy no me compra el periódico. ¿se estará leyendo un libro interesante? Pues sí, estoy enganchada, pero eso es otra historia.
Por suerte, sin embargo, hoy me ha dado por comprarlo, (no he podido burlar la mirada de Teresa, que por cierto, también es pelirroja). Así que he comprado Público, que es más barato y tiene menos páginas. El mundo, otra vez de vuelta y vuelta, Sarkozy acaparando noticias, China oprimiendo Tibet, apuestas sobre el nuevo gobierno y despedida a Azcona. No está mal para empezar. Pero a lo que voy hoy, joder como me enrollo, es que en las páginas de cultura he encontrado una noticia sobre Juan Múñoz Martín, que no es mi vecino del quinto, aunque podría serlo,
sino el escritor de Fray Perico y su borrico, uno de los personajes más entrañables y maravillosos que he conocido jamás (con permiso de Coleta la Poeta).
Y he pensado en los libros que leía cuando era pequeña, pizpireta y sin flequillo (flequillo, por cierto, al que hoy le he declarado la guerra, no lo soporto más...esto va a acabar en divorcio) He recordado aquellas novelitas maravillosas con las que dormía cada día, heredadas, muchas, de mi hermana, que en la cama de al lado, devoraba, como yo, esas enoormes historias. Me he acordado de Veva, del pequeño Vampiro, de los Cocodrilos del Barrio, de Doble-P, de las historias de Ninguno, de Fray Perico, de Celia y de Pumuky. No eran Harry Potter, no acaparaban portadas en revistas, ni se hacían colas en las librerías para comprarlos, pero consiguieron lo más importante:
Sólo por eso, érase una vez, esta entrada...
Se lo debo.
sino el escritor de Fray Perico y su borrico, uno de los personajes más entrañables y maravillosos que he conocido jamás (con permiso de Coleta la Poeta).Y he pensado en los libros que leía cuando era pequeña, pizpireta y sin flequillo (flequillo, por cierto, al que hoy le he declarado la guerra, no lo soporto más...esto va a acabar en divorcio) He recordado aquellas novelitas maravillosas con las que dormía cada día, heredadas, muchas, de mi hermana, que en la cama de al lado, devoraba, como yo, esas enoormes historias. Me he acordado de Veva, del pequeño Vampiro, de los Cocodrilos del Barrio, de Doble-P, de las historias de Ninguno, de Fray Perico, de Celia y de Pumuky. No eran Harry Potter, no acaparaban portadas en revistas, ni se hacían colas en las librerías para comprarlos, pero consiguieron lo más importante:
hacer revolotear todos mis pájaros
llenar de color mis fantasías,
inspirar mi imaginación
despertar todas las historias que me habitan
llenar de color mis fantasías,
inspirar mi imaginación
despertar todas las historias que me habitan
Sólo por eso, érase una vez, esta entrada...
Se lo debo.
lunes, 24 de marzo de 2008
Noches de vino y fado
Se llamaba Teresa y cantaba fados en Lisboa sin ningún itinerario fijo. Aquella noche el destino la llevó hasta una pequeña casa de comidas de Chiado con manteles de cuadros y especialidad en arroz con marisco. Yo tuve la suerte de estar sentada justo en la mesa de al lado y de escucharla muy cerca, cada vez que entre plato y plato se arrancaba a cantar. Junto a ella, sin guitarra portuguesa aquella vez, Joao la acompañaba a la guitarra como tantas otras noche de vino y fado. Con dentadura postiza y canas cubiertas de rubio ceniza, su madre se dejaba llevar de vez en cuando y se atrevía a cantar a dúo con el camarero, feo, bigotudo y pausado. Otra frasca de vino blanco, obrigado, y se cerró la cocina
y nos quedamos unos pocos,
y salió el cocinero (que también cantaba, todo sentimiento, toda fuerza...una bonita voz.)
Ella, que se llamaba Teresa, vendía discos entre los turistas a 15 euros la unidad. Se había dado a la vida bohemia después de que, hace muchos años, volviera de Ginebra con algo de dinero en el bolsillo y se cansara de horarios, de ropa bien y convencionalismos baratos. Sentada junto a ella, yo la escuchaba cantar y, mientras el vino se me subía a la cabeza y Lisboa se rendía a mis pies, (y yo a los suyos), pensaba qué cambiaría de todas mis cosas por una voz como aquella, por poder acompañarla en las noches de vino y fado...
Pensaba en las vidas nocturnas, sin la necesidad de madrugar los lunes, sin la necesidad de un sueldo fijo al mes, con los pequeños placeres que da la noche, cuando no se necesita mucho más para ser feliz...
la compañía de Joao a la guitarra,
un buen vino,
el fado...
pero yo, un lunes más, en un tren de cercanías...
y nos quedamos unos pocos,
y salió el cocinero (que también cantaba, todo sentimiento, toda fuerza...una bonita voz.)
Ella, que se llamaba Teresa, vendía discos entre los turistas a 15 euros la unidad. Se había dado a la vida bohemia después de que, hace muchos años, volviera de Ginebra con algo de dinero en el bolsillo y se cansara de horarios, de ropa bien y convencionalismos baratos. Sentada junto a ella, yo la escuchaba cantar y, mientras el vino se me subía a la cabeza y Lisboa se rendía a mis pies, (y yo a los suyos), pensaba qué cambiaría de todas mis cosas por una voz como aquella, por poder acompañarla en las noches de vino y fado...
Pensaba en las vidas nocturnas, sin la necesidad de madrugar los lunes, sin la necesidad de un sueldo fijo al mes, con los pequeños placeres que da la noche, cuando no se necesita mucho más para ser feliz...
la compañía de Joao a la guitarra,
un buen vino,
el fado...
pero yo, un lunes más, en un tren de cercanías...
lunes, 17 de marzo de 2008
La compañía
Un día él se fue y ella se quedó paseando sola por las calles medievales de esa ciudad del frío. Sin intuirlo, sin saber como le dolía la soledad, él se marcho y siguió queriéndola como hasta entonces, sin cruzar límites. Ella calló y pasó el tiempo, sin atraverse a pronunciar todo lo que le pasaba por la cabeza, sin preguntar siquiera. Volaron. Buscándose sin encontrarse más allá de las fronteras impuestas mucho tiempo antes.
Se escaparon los días y los veranos. Ella se empeñó en la felicidad y pasaron los nubarrones y todo fue tomando forma y dejó de añorar su compañía, distraida como estaba por otras manos que calentaban las suyas, en la ciudad medieval del frío. Dejó de preguntarse si estaban fingiendo, quiso creer que no lo hacían, estuvo segura. Olvidó todo.
Una tarde se encontraron. Años después de vuelta a la ciudad del frío. Bajaba por la calle Compañía con el mismo aire ausente de siempre y al estrecharle contra ella supo que aún le dolían todos las palabras escondidas, la vida posible. Sonrieron con la complicidad de los días en blanco y negro y tomaron un café. Hablaron pero ninguno dijo nada y cuando llegó el momento de la despedida, ella hizo balance, queriendo convencerse de que entre todas las vidas posibles la elegida había sido la mejor.
- He sido feliz
- Yo también, mucho.
Pero ninguno supo explicarse, cuando se despidieron aquella tarde, por qué si aquello era verdad, y lo era, dolía tanto la compañía.
*****
...robando
(soñando)
miradas y silencios en el tren
(soñando)
miradas y silencios en el tren
sábado, 15 de marzo de 2008
EL AMOR VALIENTE
Pero la vida, que no siempre va de la mano del deseo, no se lo puso fácil. El papeleo, la burocracia, ese miedo al extranjero y un boleto de regreso a la ciudad con palmeras. No se lo puso fácil la ley de extranjería, ni los contratos de trabajo, ni el águila que machaca una serpiente en el pasaporte.
Pero la suerte ayuda a los valientes y ella lo fue.
Ayer, en un restaurante donde los tacos no sabían a cilantro, y les llamaban burritos, donde las coronas llevaban un trozo de limón y eran coronitas, donde los chiles no picaban y los camareros pronunciaban la c y hablaban de vosotros, ella nos recordó que la vida es de los que se arriesgan, de los que no aceptan un no por respuesta, de los que no ven montaña lo suficientemente alta, como para no intentar siquiera subirla. Que cada espina, que cada pequeño arañazo, que cada cuchillo por la espalda, es tan solo un pequeño trámite, tan solo una excusa idiota.
Si les dejan, decía la canción, se van a querer toda la vida.
Y mientras el resto observábamos su amor valiente, ellos bailaban, agarrados y felices, en el medio del salón.
Y mientras el resto observábamos su amor valiente, ellos bailaban, agarrados y felices, en el medio del salón.
martes, 11 de marzo de 2008
ELECCIONES (o día de la familia)
No fuimos después de misa porque en mi casa no se va a misa, pero sí acudimos todos juntos a votar, a pesar de que mi hermana está censada en otro sitio, y yo, tan solo burocráticamente, sigo viviendo en el mismo lugar. Juntos, después de comida familiar en la que se habló de política sin rabia, porque por increible que parezca en mi casa se discute casi de todo menos de política, y después de siesta, despues de leer el periódico a varias bandas, justo después, a última hora. Juntos a votar.
Yo indecisa y mi padre contento, (si ganan abró la botella de Whisky de navidad). No pude por menos de recordar como cuatro años antes había llamado desde Londres a casa. Papá, se han ido, los echamos, y papá tan triste en contraste, a pesar de la alegría. Papá triste como la ciudad entera, aquel 2004 maldito...
Pero esta vez es diferente. Juntos. Los cuatro. Nos vamos a dar una vuelta después de depositar nuestro voto. Nos tomamos un café en el centro de Alcalá, lleno hasta arriba de gente. El día de las elecciones debería ser nombrado el día de la familia, dice mi madre, y reimos la ocurrencia. Pues sí, día de la familia, de recuerdos también. Mamá habla y yo veo por sus ojos, y la imagino en blanco y negro, joven, guapa y embarazada de 8 meses, paseando por una Salamanca vacía, repleta de panfletos y de carteles, cuando Adolfo Suárez sonreía en las fotos. Mi padre, que no podía votar porque estaba en Barcelona, se fue a Sitges a la playa, un junio caluroso, como los junios de cuando éramos pequeñas, en esa época pre-cambio climático. No llegamos a los 80, ni a cuando Felipe lucía chaqueta de pana. Volvimos a casa, encendimos la tele. Esperamos resultados.
Juntos.
En el día de la familia.
jueves, 6 de marzo de 2008
tarde de libros
Era en una biblioteca cerca de Diego de León. Una biblioteca de barrio, reconvertida, al parecer en un punto de encuentro y lectura. Dentro del recinto había un patio donde varios grupos de adolescentes charlaban entre ellos, había bullicio... También, y esto si que me ha llegado al alma, aparcamientos para bicicletas, ocupados, sí. Pero lo mejor es que dentro, la biblioteca estaba separada en adultos y niños, y en la parte de niños NO había silencio, sino grupos de chicos alrededor de libros, juegos, y papeles en blanco dispuestos a llenares de historias. Una biblioteca viva, divertida, como los libros, por muy mala prensa que tengan entre todos aquellos tristes que se niegan a llevarlos consigo en sus viajes en metro.
Así que cuando he salido a la plaza de Chueca y he visto el sol...ufff....me he dado cuenta que meterme en mi casa oscura a actualizar el blog no era tan buena idea...
Desentrañar la ciudad...alguna exposición...la bicicleta.
Recorrer las calles del barrio, entre coches y calles estrechas, subir las cuestas, bajar la corredera de San Pablo (con los frenos apretados y el viento en la cara) y de repente llegar a Gran Vía. Caminar.
¿Qué exposición? Como no me decidía he acabado mirando libros, perdiéndome feliz entre los estantes, con la tentación de comprar más de uno, y el placer de disfrutarlos todos. Las guías de viajes, los libros de arte, las biografías históricas, los de bolsillo. Al fondo, en una de las plantas, sonaba un piano. Era mi canción favorita de la banda sonora de Ameliè. Me pregunto, ¿alguien me ha leído la mente?, y canturreo en voz alta buscando un libro de Muñoz Molina. E imagino un aliento en mi nuca. Acabo de convertirme en un personaje de libro y alguien me susurra, que también le gusta esa canción, que también busca a Muñoz Molina.
Que tarde increible de marzo. Cuanta felicidad. Cómo revolotea mi musa. Dejaría que saliera y se volviera palabras, si no fuera porque estoy tan ocupada convirtiéndome yo misma en musa de mi propia inspiración,
que
no
tengo
tiempo
(y se queda revoloteando conmigo, feliz de mezclarse entre libros)
miércoles, 27 de febrero de 2008
La misma hora
Se volvió loca. Así pasa a veces. Te mira, le miras y ya nada vuelve a ser como antes. Se te mete dentro, en tus noches, en tus días y no hay manera.
Así le paso a Ella. Le quiso. Despertaba por la mañana los primeros domingos y le observaba sin moverse, sin hacer nada que pudiera despertarlo y terminar con aquella visión perfecta: todas las líneas de su espalda. Le miraba y le miraba, sorprendida de sentir lo que sentía, de la suerte de esos dos cuerpos en esa cama de sábanas blancas, en esa habitación de paredes blancas y ventana azul. Le miraba y soñaba con las camas venideras, los futuros unidos en uno solo, la felicidad compartida a medias. El porvenir...
Hace poco me estremecí con la frase de una mujer que llamó a mi teléfono pidiendo ayuda. Una cosa son tus planes y otra lo que la vida hace con ellos. ¿y si soy yo? ¿y si mi futuro también se trunca? Miedo...
A Ella, como a la mujer que llamó a mi teléfono, la vida no le preguntó por sus planes y la dejó abandonada en la estación llevándose sus maletas repletas de felicidades. Y las líneas de su espalda dejaron de ser carreteras en las que perderse, perfectas y únicas. Se convirtieron en cadenas. Y la suerte de encontrarse se tornó desgracia. Y la ventana azul se cerró para siempre. Las paredes se volvieron negras. Se acabó el porvenir. Se esfumó como la polvora de la pistola que acabó con su vida. Se desgarró a pedazos, como hizo el cuchillo con su pulmón ennegrecido de tantas madrugadas despierta.
Y no era una sino cuatro. En diferentes horas de un mismo día. En diferentes horas que eran la misma. La hora de preguntarnos con horror que coño está pasando. En qué momento alguien tomó licencia para acabar con la belleza de las cosas amadas. Para hacernos tambalear. Todas nuestras creencias, todo el amor que hemos sentido, todas las espaldas que hemos mirado los primeros domingos.
Así le paso a Ella. Le quiso. Despertaba por la mañana los primeros domingos y le observaba sin moverse, sin hacer nada que pudiera despertarlo y terminar con aquella visión perfecta: todas las líneas de su espalda. Le miraba y le miraba, sorprendida de sentir lo que sentía, de la suerte de esos dos cuerpos en esa cama de sábanas blancas, en esa habitación de paredes blancas y ventana azul. Le miraba y soñaba con las camas venideras, los futuros unidos en uno solo, la felicidad compartida a medias. El porvenir...
Hace poco me estremecí con la frase de una mujer que llamó a mi teléfono pidiendo ayuda. Una cosa son tus planes y otra lo que la vida hace con ellos. ¿y si soy yo? ¿y si mi futuro también se trunca? Miedo...
A Ella, como a la mujer que llamó a mi teléfono, la vida no le preguntó por sus planes y la dejó abandonada en la estación llevándose sus maletas repletas de felicidades. Y las líneas de su espalda dejaron de ser carreteras en las que perderse, perfectas y únicas. Se convirtieron en cadenas. Y la suerte de encontrarse se tornó desgracia. Y la ventana azul se cerró para siempre. Las paredes se volvieron negras. Se acabó el porvenir. Se esfumó como la polvora de la pistola que acabó con su vida. Se desgarró a pedazos, como hizo el cuchillo con su pulmón ennegrecido de tantas madrugadas despierta.
Y la ira se torna tristeza.
lunes, 25 de febrero de 2008
Te vi...
Te ví...entre los charcos de Gran Vía. Tú con un chubasquero amarillo. Yo esperando para entrar en el cine. Saltabas como loca y a mí me hiciste enloquecer. Era un domingo gris pero tú lo iluminaste.
Y ella que lo lee el viernes en el EP3, no sabe si creerselo o no. No sabe si llamar o no. Tal vez sea un amigo haciendo la gracia. O no. Tal vez es el hombre de su vida. O un poema de Luis Montero. O una historia ficticia del blog de su compañera de piso. Tal vez sea verdad o tal vez sea mentira. Pero se mira en los charcos de Gran Vía y se dice, qué coño, voy a llamar, no pierdo nada. Porque el mensaje le encanta. Un domingo gris y tú lo iluminaste y al otro lado, quizá, alguien que la ilumine entera. Así que ella, que es valiente y dada a los excesos, marca el número en su móvil. Alguien responde al otro lado. Tiene una voz que huele a sal y a sur, que suena a guitarra desgarrada y a risa trasnochadora. No lo piensa. Quedamos. Sí. Dónde.
Plaza del Rey, otra tarde de lluvia. Ella se siente una heroína de cine mientras lo espera fumando junto a la estatua iluminada. Pasa un chico con un perro, pero no tiene ojos de sur, ni de sal, ni de guitarra o de risa. Todo podría salir mal, no es él, no viene, no llega bajo este cielo sin estrellas.
La heroína de cine se mira en los charcos, pelo mojado, rizos que se diluyen y ojos que esperan. Por una vez, se dice, elijo un final feliz, americano, apestoso y comercial. Pero feliz, por dios, que lo merezco.
Y en los charcos descubre una sombra y un escalofrío la recorre entera y ya no tiene dudas y ha llegado y la heroína sonríe,
feliz.
Plaza del Rey, otra tarde de lluvia. Ella se siente una heroína de cine mientras lo espera fumando junto a la estatua iluminada. Pasa un chico con un perro, pero no tiene ojos de sur, ni de sal, ni de guitarra o de risa. Todo podría salir mal, no es él, no viene, no llega bajo este cielo sin estrellas.
La heroína de cine se mira en los charcos, pelo mojado, rizos que se diluyen y ojos que esperan. Por una vez, se dice, elijo un final feliz, americano, apestoso y comercial. Pero feliz, por dios, que lo merezco.
Y en los charcos descubre una sombra y un escalofrío la recorre entera y ya no tiene dudas y ha llegado y la heroína sonríe,
feliz.
Como el final de la película.
Para Charo...en un lunes malo
miércoles, 20 de febrero de 2008
19 meses
No recuerdo por qué estábamos tan cansadas, ni por qué había televisión en casa de Laura Davi, pero tengo la imagen de nosotras cuatro tiradas en aquellas camas-sofás tan típicamente cordobesas viendo algo parecido a operación triunfo, versión México. Tan cansadas como para no reaccionar cuando un mensaje al celular nos avisó de que Fidel, ingresado, había delegado en su hermano. ¿Fidel? ¿Herrera Beltrán?
Tan sumidas en nuestro universo mexicano, en Córdoba no había más Fidel que nuestro gobernador, y ninguna noticia importante traspasaba esa frontera. Pero Fidel, ése que había delegado (momentáneamente), era Castro, era Cuba.
Tan sumidas en nuestro universo mexicano, en Córdoba no había más Fidel que nuestro gobernador, y ninguna noticia importante traspasaba esa frontera. Pero Fidel, ése que había delegado (momentáneamente), era Castro, era Cuba.
Agotábamos nuestros últimos días en el paraíso y nada más me importaba. Tal vez lo pensé durante un instante: tan cerca de Cuba... si se muere Fidel... y yo sin visitar La Habana... me va a dar algo. Pero eran los últimos días en el paraíso y yo sólo soñaba con exprimir los días, las horas, los minutos. Sólo soñaba con dejarme arrastrar de esa mano hasta el Parque, o tomarnos un licuado, o una chela en la Divina, o comer los tacos de Doña Rosa, o perdernos en la trova, besarnos bajo las palmeras y pasear por Córdoba, sabiendo que cada cosa era última y era única. Que no volvería nunca más.
Hoy Fidel aún no ha muerto y yo, lejos de Cuba, sigo sin haber visitado La Habana. Han pasado 19 meses, dicen los periódicos, fuera del paraíso y ya no me dejo arrastrar, ni bebo licuados, ni chelas, ni como tacos. Y Fidel, ahora, ya sólo hay uno, y teoricamente deja la política, y se abren nuevos tiempos, y quizá las cosas cambien. Y nadie sabe nada.
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